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Escrito por Salvador   
Martes, 13 de Enero de 2009 01:14

 

 


Hace años, raramente se moría alguien, o, por lo menos, eso me parecía a mí ya que los de mi edad, no solían morirse y los mayores los veíamos como algo lejano, que no nos atañía.

Sin embargo, desde hace poco a esta parte, cada vez se mueren más gentes de mi edad, años más o años menos, y parece que son muertes más cercanas. Es lo que ha sucedido este 2008, de los que me acuerdo con especial cariño.

 

Me parece que fue Juan Calvente Pérez el primero en dejarnos, allá por  los inicios del febrero. Para muchos, en especial para la gente joven, será un desconocido. Y es lógico, pues, desde los inicios de los años cuarenta cursa sus estudios de Derecho en Granada, y, después de sacar las oposiciones de Juez, sus obligaciones sólo le permitieron esporádicamente visitar nuestro pueblo. Pero he de decir que Juan tiene el honroso titulo de Hijo Predilecto a Gaucín, que le fue concedido por la Corporación en 31 de octubre de 1968. Ello era consecuencia de su brillante carrera judicial,  de la que fue el magistrado más joven de España,  y de su prestigio profesional hasta su jubilación en el cargo de Presidente de la Audiencia Provincial de Madrid. Como estoy trabajando en una pequeña nota biográfica sobre él, me limitaré a transcribir las palabras que su hija dijo en el momento de su entierro: “Hace unos días que te dormiste y te has despertado, como dice San Agustín, en la habitación de al lado… te dormiste porque se nos había adelantado en llamarte tu amigo Jesús de Nazaret… sentimos un profundo dolor… pero no te has ido ni te iras nunca, te llevamos muy dentro… gracias Jesús por habernos permitido compartir nuestras vidas”. ¿Qué podría decirse más?

 

Por las mismas fechas, un desgraciado final tuvo Luis Alberto, hijo de Paquito Ramírez, antiguo amigo de infancia y juventud de mi hermano Teodoro y de los de su edad, y de Candida González para quien era una gran ayuda en su negocio de carnicería. Su fallecimiento causó gran impacto en Gaucín, con secuelas por las presuntas negligencias médicas que acabaron con la vida de Luís Alberto Todo ello transcendió a la prensa a nivel nacional. Incluso, se produjo un movimiento vecinal de apoyo a los familiares de repercusión mediática.

 


Poco después, nos abandonó Clementina Bautista Benítez, la inigualable Clemen, la del Hotel Nacional, que fue objeto de un sentido homenaje unos meses antes, organizado por el Ayuntamiento de Gaucín, con el aliento de la Asociación Iniciativas Turísticas de Gaucín. No me extenderé en reseñar sus cualidades pues ya dije unas sentidas palabras en el referido homenaje y, posteriormente, cuando falleció, le dediqué una necrológica. Ambas expresiones se pueden encontrar en esta misma Web. Dejémosla estar a solas, ahora que ha llegado la Primavera sin fin para ella, que supo escuchar a todos, sin alborotos.

 

Más tarde  nos dejó Antonio Bautista Real, después de una penosa y larga enfermedad que le impidió durante los últimos años compartir las amistades de siempre. Hombre cariñoso y cordial, fue durante largos años regente de uno de los comercios mas importantes de nuestro pueblo. Aparte de ello, Antoñito como cariñosamente le llamábamos, fue un amable conversador y un enamorado de su pueblo. Deja numerosa prole que se ha desvivido por atenderlo en sus últimos momentos de dependencia: Domingo, Teresa, Gabriel, Nieves, Antonio y,  entre ellos, mi cuñada Encarni.

 

Francisco Navarro Martín, “Quini”,  murió, tras una grave enfermedad. Amigo de toda la vida, hombre serio y formal, cumplidor de su callado trabajo, fue atendido en sus últimos tiempos con cariño por su mujer y su hija Pepita. Desde aquí, un entrañable recuerdo a Dolores, con la que me unió, mas que la amistad, el cariño que surge durante toda la niñez y parte de la adolescencia, ya que fue ayudante imprescindible en casa de mi abuela Francisca, la Serrana, y de mi tía Antoñita Furest.

 

Qué decir de la inigualable Antonia Silverio Moya, “La Tinta”, vecina durante años de mi suegra Felicia Toledano y entrañable personaje de nuestro paisaje humano. Me referí a ella en mi artículo “Anecdotario de Gaucín”, en esta misma Web y de ella hice uno de mis cuadros preferidos, que regalé a los originarios propietarios del Hotel Rural “La Fructuosa”, Luis y Jesús. Falleció recientemente en casa de su  sobrina Mari Carmen, que la acogió cuando la enfermedad le imposibilitó valerse por sí y que la atendía  de forma ejemplar.

 

Hace pocos días falleció en Granada Juan Moyano Román, lo que para mí fue una sorpresa pues no le hacía enfermo. Juanito Moyano, uno de los más destacados de la larga familia de este apellido, entrañable amigo de juventud, fue uno de mis mentores en mis inicios de mi carrera de Abogado. De él recibí atenciones y consejos en aquellos tiempos de vacilaciones, siendo así que él era un avezado funcionario judicial. También fuimos compañeros de Corporación, ya que desempeñó el cargo de Concejal, coincidiendo con mi desempeño de la Secretario del Ayuntamiento durante los años 1963-65. Posteriormente, se trasladó a Granada, donde desempeñó con la eficacia de siempre su cargo en la Audiencia Territorial, posteriormente Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, donde solía visitarlo cuando me desplazaba a Granada con motivo del ejercicio de la Abogacía. Siempre era agradable coincidir con él, en la temporada veraniega, donde nos contábamos nuestras cuitas. A  su mujer, Pepita, y a sus hijos Pedro, Alicia y María, nuestro sentido pésame.

 

No puedo dejar de mencionar a Juana Salas, nuestra vecina de la calle Cañamaque, Larga o Iglesia –como queráis llamarla- que siempre tenía la sonrisa fácil y la palabra discreta. Se notaba que había sido educada, como la mayoría de las niñas de su edad, en la escuela de doña Ana Toval. Me cuenta María González, la madre de mi cuñado Miguel, que Juana fue bautizada el mismo día en que se casaron Rosalía Domínguez  y Juan Ortega, y ella misma con Miguel Vázquez, y que estos fueron los últimos Sacramentos que administró el Párroco D. Mateo Bohórquez Menacho, que se marchó a Ubrique, su pueblo, donde falleció al poco tiempo.

 

Paseante asiduo de nuestra misma calle, Manuel Carrasco Rodríguez, “ Perrín”, también ha pasado a mejor vida, como solemos decir. Le recuerdo como monaguillo de mis años juveniles,  ayudando a D. Antonio Cañadas, recorriendo las calles con la carraca en tiempos de cuaresma o el día de difuntos tocando las solemnes campanas y haciendo acopio, junto al resto de los monaguillos ocasionales, de boniatos y gamboas, castañas y membrillos, las delicias con que nos podíamos solazar en aquellos años de pobreza, quizá recordando aquella niñez de hornos de carbón. Su figura era menuda pero su conversaron era agradable y me queda su recuerdo afectuoso.

 

Rafael Valle Martín, prototipo de gaucinense de la emigración: treinta y cinco años en la fábrica Opel, en Alemania, en los años finales del siglo veinte, durante los que sólo tuvo presente el bienestar de su familia. Murió hace unos días, rodeado de su esposa María  y sus hijos, de los que hago mención especial de  Rafael con el que me une una buena amistad, pese a la diferencia de edad y de club de nuestros amores.

 

Me refiero, como final, al último fallecimiento de 2008. No debe haber nada más lacerante en este mundo que, en la ancianidad, perder a un hijo. Por eso, recuerdo con cariño a nuestro amigo Miguel Calvente que ha sufrido la perdida de su hijo Pedro, desde hace años en tierras canarias. Allí marchó al inicio de su juventud, dejando aquí sus aficiones taurinas (me parece ver a Miguel ilusionado con los primeros capotazos de su hijo a los toros en capeas de miedos y sufrimientos) y embarcado en búsqueda de nuevos horizontes en las Islas Afortunadas. Allí se estableció, formó una familia y ha muerto en la madurez de la vida. Descanse en paz y Miguel reciba el consuelo necesario para sobrellevar el golpe de enterrar a uno de sus hijos.

 

Descansen en paz todos los citados, así como aquellos otros, a los que se ofrecerá un recuerdo en la Misa de Difuntos a la que, como en años anteriores,  asiste la mayoría de los gaucinenses desplazados en la capital de la provincia, lo que viene haciéndose desde los tiempos de nuestro recordado  Jacobo Real –entonces, en la parroquia del Santo Angel-  y que sigue de manera encomiable Paco García Mota en la Parroquia malagueña de la Asunción. Sus nombres, los añadiré a los anteriormente mencionados, tan pronto me los complete, por medio de mi cuñada Nieves,  Lucía Domínguez Martín, que generosamente se ha ofrecido a ello.