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Ha muerto Domingo PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Jueves, 12 de Febrero de 2009 12:34

 

 

 

 

“El Cojito” ha muerto…. viva “El cojito”, podríamos decir parafraseando la famosa frase porque, la verdad, se nos ha ido una verdadera institución de nuestro pueblo.

Un soñador

 

Situado en la encrucijada de nuestras calles, al socaire de los vientos que vienen de Ronda por la calle de los Bancos y suben a despecho por la cuesta del Puerto del Pan, el quiosco se afincó en la calle del Corral del Concejo, resguardado de tempestades y contemplaba sereno, juicioso y sin prisas el paso del tiempo. Al igual que su dueño, Domingo Prieto Mateos, “El Cojito”. Como dice mi cuñado Miguel en su excelente trabajo “Poner apodos en Gaucín, una sana costumbre (1ª parte)”, en su Web “Al Alba”, Gaucín no queda al margen de la sana costumbre, muy antigua y arraigada en nuestra cultura, de motear a sus gentes, por lo que me es particularmente agradable, por la cercanía y el afecto, citar a las personas por su apodo, si es que lo tienen.

 

Emblemático lugar y personaje, vivieron el tránsito de los años del hambre a los de la prosperidad y, también, presenciaron en rededor el auge y el ocaso de personajes entrañables de Gaucín: Antonio Molina, y el Casino; Bartolito y el estanco; Bartolo, su hormiguero y la sanación de las verrugas; Godino y el bar, Anita y la confitería; Juan Real y su bar; Dieguito y su ponche; la Pensión Andaluza de Manuela; Salvador y su garaje; D. Teodoro el juez y Mariquita Serrano; Clementina y nuestro Hotel Nacional; Isabelita García y la panadería, incluso, a lo lejos, Antoñito y su tienda, la barbería de Pepe Portela, y, al fondo, Nicolás el talabartero y la tienda de Lucía Dominguez, la de Larqué. Una época que se nos marchó, pero Domingo aún tuvo tiempo de ver llegar a los pocos nuevos establecimientos que reemplazaron al Gaucín de nuestra adolescencia y juventud: Clemente (ahora, reinaugurado con el nombre de “El Puente” por José Antonio Prieto y su cuñado Paco Martín y en donde trabaja también otro de sus hijos, Juan), Paco y Pepe, Manolo “El gitano”, la Caja y poco más. A casi todos sobrevivió, de todos supo captar algo y a todos transmitió su saber estar y los frutos de su callado quehacer.

 

 

 

Un matrimonio feliz

 

Y, porque se lo merece, quiero hoy hacer una pequeña semblanza de nuestro amigo, Domingo “El Cojito”.

 

Hijo de Antonio Prieto Andrades y de Josefa Mateos Gálvez, también lo fue de los tiempos en que le toco vivir, pues nació al principio de los años veinte, en plena depresión, pasó su juventud entre guerras y penurias y tuvo la acertada decisión de permanecer al pie del cañón y contraer matrimonio en 1956, en plena fiebre emigratoria, con María Concepción Martín Cabrera (hija de José Martín Vázquez, "Martín Bombé", y Carmen Cabrera). Hizo bien, pues María traía doce panes bajo el brazo y, así, la vida se les hizo más llevadera. Se cuenta que no se le notaba el estar embarazada al ser gruesa y cuando los vecinos la veían con otro pequeño en brazos, se extrañaban mucho. Lo único malo que tenía el tema era la dificultad para reunirlos a todos, cuando era preciso hacerse la necesaria foto del carné de familia numerosa, pues siempre faltaba alguno, sobre todo de los mayores, hasta tal punto que Curro, el fotógrafo de Algatocín, tenía que venir más de una vez o hacer las fotos por partes.

 

 

 

María, con panera, las "Hechicera" y Teresa.

 

El matrimonio se llevaba trece años y pese a los catorce que se han distanciado para morir, los dos han descansado en el mismo mes, enero. Tuvieron la suerte de que todos sus hijos –que le dieron veintitrés nietos- les sobrevivieran: Pepa, casada con Jacinto Mena; Pepe, casado con Isabel Andrades; Mª Carmen, viuda de Paco López; Santos, casado con Mª Victoria Crossa; Inmaculada, casada con Paco Martín (que ha sido la que ha tenido la amabilidad de proporcionarme muchos de los datos biográficos que recojo en este artículo); Domingo, casado con Mª José Ruiz; Teresa, casada con Benito Martín; Paqui, casada con un belga, Thomas Truist; Mª del Pilar, casada con Manolo Frías; Lucía, casada con José Antonio Carrasco (hijo del “Perrín”) y los dos nacidos en Algeciras, solteros en la actualidad, Juan Luis (el nombre se lo pusieron las enfermeras del Hospital de Algeciras, me dice su hermana y pienso que los padres ya no sabrían a que santo agarrarse) y Francis, alias “El Lince”, con quien me une una reciente pero sincera amistad y que, precisamente, hace unos días ha presentado su segundo libro sobre temas del flamenco, del que espero hacer la oportuna reseña, tan pronto reciba noticias al respecto pues no pude asistir, como hubiera sido mi deseo, a la velada rondeña.

 

 

La familia, al completo

Era María persona ejemplar donde las haya, vivió por y para su marido y sus hijos, sin concederse ningún descanso, a pesar de que le tocó vivir en los peores tiempos, sin muchos recursos a los que recurrir. De todas formas, era alegre y abierta a los demás. Se sentía feliz al salir de la rutina diaria de la casa, Domingo y sus quehaceres, y me cuenta Inma que tuvo el placer de pasearla en coche por lugares cercanos, como Gibraltar, Algeciras, Estepona, etc. (siempre cerca, pues Domingo no podía quedarse solo ninguna noche). Era acogedora en extremo y siempre tenía un plato para convidar a su amigas y vecinas, como Fernanda, María “Gatos” (cuñada de Salas, el del bar) Antonia “La Tinta” (a veces, a cambio de algún que otro “mandao”) o Dominga "La Porrilla" que se ganaba algún dinero escribiéndole cartas a las personas que no sabían leer ni escribir, etc.

 

Hasta hace muy poco, conservaban los hijos una caja de madera con la cual empezó a trabajar por los bares haciendo rifas; por lo visto, era el signo de los tiempos pues recuerdo también las rifas de Castoro a las que me he referido en mi trabajo “Anecdotario de Gaucín”, en esta misma página Web. En esta caja guardaba Domingo, en los últimos tiempos que estuvo en el quiosco, monedas de aquellas de dos reales que tenían un “bujero” en el centro y que almacenaba en ristras de cuerdas de cáñamo que él mismo trenzaba. Con ellas tenían que acarrear sus hijos -cuando no era la madre la encargada de comprar- para proveerse de alguna cosa de uso corriente (libretas, ropa o calzado) por lo que es fácil comprender la vergüenza que pasaban –como nos sucedía a todos los zagales en supuestos análogos- al presentarse en las tiendas con las ristras de los reales.

 

 

De los tiempos de la mili

Después del trabajo ambulante de las rifas, asentó sus reales en el quiosco que todos conocimos y recordamos. Un año llegó a tener dos, uno de lata y abierto por tres de sus lados, pegado a la pared del garaje de Salvador Márquez y otro de madera, que su suegro "Martín Bombé" regentaba y estaba instalado, en un principio, donde está el bar Pajuelo y más tarde en la cuesta donde Gertrudis tenía la tienda; pero eso duró poco, probablemente por su poca rentabilidad, y pasó al desguace al Toledillo, donde hizo las delicias de las hijas más pequeñas, que lo convirtieron en casa de muñecas.

 

Pese a que el destino natural de todos los quioscos que se precien, es el de vender en él periódicos y flores, Gaucín por su idiosincrasia exigía que en el mismo se vendiese, precisamente, de todo menos flores, que abundan en nuestros campos, y periódicos pues tenemos el vicio de no leerlos, costumbre –para mí de las más nefastas- que aun perdura como es notorio ya que, salvo el “Sur” atrasado del Hogar del Pensionista, bajo la atenta mirada del amigo Juan Valdivia, hay que bajar a Manilva o Jimena para adquirir alguno. Parece ser que mucha gente ha estado interesada en llevar el periódico al pueblo, pero no era rentable, pues costaba más la gasolina al ir a por ellos que lo que dejaban al venderlos, por lo que parece lógico que nadie asumiera el riesgo de regalar periódicos.

 

 

Con su hja Tere y Cristina, su primera nieta.

 

En el del Cojito, se ha vendido muy diferente género, desde puros o tabaco puro y duro, del bueno y del de contrabando (del que tenía un “buen” recuerdo, pues en cierta ocasión lo timaron y le vendieron una caja entera donde sólo había cartones rellenos de papel) y piedras de mecheros, hasta sellos, sobres, recortables, cromos, canicas, novelas del Oeste y de Corín Tellado, nuevas y usadas, cuentos infantiles ilustrados y troquelados, algunos juguetes pequeños y de poco valor… Recuerdo que yo era habitual cliente en la compra de paquetes del Cubanito, Jorge Russo, los que llamaban del Colorao, los verdes del Cervantes, Partagaz … y los paquetillos de rubio inglés, así como también aquellos Celtas, cuyo humo no había quien se lo tragase, Ideales y otros venenos al uso. En mis tiempos, me parece recordar que el estanco no vendía tabaco (ni el de Concha Bautista en la calle Convento, primero, ni el de Bartolito, después) porque, como era natural por ser territorio de contrabando, el que venía de Gibraltar era más barato. No sé, porque es extraño que no vendiesen tabaco, pero mi recuerdo es ese.

 

Era Domingo muy aficionado a los toros y a las partiditas de cartas. Cuenta su hija Pepa que, a veces, no vendía los cupones y se los jugaba a las cartas y, luego, tenía a los hijos mayores José y Santos dando vueltas por el pueblo con algunas tiras, hasta conseguir venderlas. Otras veces, cuando no conseguía vender algunos cupones, se los reservaba y se lo tenía que jugar él: a veces ganaba y otras perdía. Me cuentan que casi todos los hermanos tuvieron que pasar tardes enteras de verano en el quiosco, esperando que terminara la corrida de toros televisada en el bar o la consabida partidita. Largo se hacía ese tiempo de espera, aunque a veces las visitas de los amigos lo hacía más pasable. Claro que la mayoría de ellos venían realmente a por algún cigarrito fiado (entre otros, me dice Inma, mis sobrinos José Luis y Teo que eran de su edad).

 

Recuerdo aquel quiosco –que al principio, cuando era de madera, lo resguardaban durante el invierno en el Bar de Dieguito-, pintado de verde y, a veces, de marrón, con sus cristales en la parte superior y su ventanilla de taquilla de cine; y al Cojito a medio sentar, con su pierna asomando por la puerta que estaba en el lado derecho del tabuco. Su charla debería ser grata, pues me parece recordar que mucha gente se paraba junto al quisco y pasaba agradables ratos fumando y charlando con Domingo. Me dice su hija Inma que entre sus asiduos conversadores estaban Andrés el de la Huerta los Frailes y también algún que otro vendedor, como “El Habero” y "Precios Nuevos" que vendía radios y pequeños electrodomésticos y cambiaba las bombonas de gas. En los días del toro de cuerda, Domingo revestía el quiosco a prueba de bomba.

 

 

Al final de la fiesta

En el año 2003 el kiosco fue retirado de la calle San Juan de Dios. Cuando lo desmantelaron definitivamente, se lo llevó en una máquina excavadora el hijo del ya fallecido Cantudo, casado con Juani, la hija de Paca la Gitana y el herrero José García -el que salió en “El País” semanal- y parece ser que lo tienen en el campo como granero. Cuando esto sucedió, hacía tiempo que el Cojito ya no trabajaba en él, pues se lo había cedido a su hija Luci, que ahora lleva la confitería de Manuela Hidalgo, en la calle de la Fuente, intentando resucitar la artesana manera de hacer nuestros roscos de almendras y otros dulces típicos gaucinenses.

 

Anécdotas hay miles, y una de las que más gracia le hace a mi informadora, se la contó su cuñado Jacinto: Esperaban el nacimiento de Domingo –todavía los niños nacían en el domicilio familiar- y, por lo visto, el parto venía complicado, por lo que avisaron a un médico que venía de Jimena, D. Juan Marina, que tardaba más de la cuenta. El padre todo nervioso por la tardanza, salió en busca del médico, al que no conocía personalmente, y al ver a un señor con un maletín que pasaba por la calle, ni corto ni perezoso lo cogió y lo llevó para que asistiera a la parturienta. Aunque el hombre se hacía el remolón, el Cojito le apremiaba “es por aquí… venga, dese prisa"... Total, el hombre al verse en semejante trance delante de una mujer pariendo se puso coloradísimo y salió corriendo... No era el médico, sino un representante que venía a ver si vendía algo en el pueblo. Al final, el esperado hijo, nació sin más.

 

 

Aunque faltan algunos, están "en color"

No quisiera terminar este pequeño reconocimiento a nuestro popular paisano, sin hacerme eco del homenaje que le rindió el Ayuntamiento de Gaucín, en mayo de 2003, al  entregarle una placa “en honor de nuestro vecino D. Domingo Prieto Mateos, por toda una vida dedicada al trabajo y a la familia”. Nunca mejor empleado el Don, porque éste se gana, como muy bien supo recoger la representación de nuestro pueblo, con una trabajo bien hecho y una plena dedicación a la familia. Yo, con tratamiento más íntimo y quizá abusando del apelativo con el que cariñosamente le nombrábamos, he pretendido dejar en estas página el testimonio de quien fue figura representativa de nuestro paisanaje.

 

“El Cojito” ha muerto…. viva “El cojito”.