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El día en que debuto "Bombita" PDF Imprimir E-mail
Escrito por administrador   
Sábado, 17 de Enero de 2004 19:11

Era el día ocho de septiembre de 1890. El sol se había asomado perezoso tras el Castillo y a duras penas besó las crestas del Coto.  Mas tarde se levantó con algo más de presteza por encima de la Crestellina, desembarazándose de las grises nieblas que subían del Genal, augurando un día esplendoroso.

La mañana había sido larga. Y, sobre todo, molesta para el ensamblador Salvador Ocaña que  intentaba cerrar el circuito que daba a la calle Convento, mientras levantaba los barracones para evitar el acceso del público al espacio que se habilitaba como coso. Se había hecho un corte severo en el antebrazo, al empujar imprudentemente uno de los tablones de quejigo en la ranura entre los pilares verticales que formaban el contorno acotado.  

La plaza de dos pisos, que había sido inaugurada en 1881, estaba construida de forma tosca y sencilla,  sobresaliendo el ladrillo y la cal de forma permanente,  y la madera cuando se celebraban los festejos.  A lo largo de los siglos anteriores los festejos se habían  celebrado en la plaza de la Fuente, que ostentaba el dudoso nombre de Plaza Mayor por ser donde radicaba el Concejo. A finales del siglo XVIII, cuando se empezaron a construir lugares destinados únicamente a la lidia del toro, los gaucinenses sintieron el prurito de tener plaza propia. Se había aprovechado, en las afueras de la población, un espacio rectangular  abierto junto a la Alquería de los Frailes, al estilo de la antigua plaza del pueblo de Las Virtudes, en La Mancha meridional. Contando con el desnivel de las últimas  calles del pueblo que iban a la Ermita de la Cruz, se  utilizó a modo de asiento un bancal realizado ex profeso de mampostería para ocupar con tablones , dejando un espacio en la albarrada para el proscenio o palco de la representación, a ocupar por las fuerzas vivas y los más pudientes. El graderío o piso superior estaba configurado por un tramo de la calle Chorronalto que daba directamente al coso, donde se levantaba el palco de autoridad. Enfrente, el corte de la huerta de los Frailes servía de burladero obligado dado el desnivel existente; andamios de madera cortaban los accesos a la calle Convento y al campo de la Cruz, y era lugar para el acomodo de los espectadores más jóvenes y osados. Los burladeros, por carecer de barrera, estaban excavados en el muro de contención del primer graderío  y tenían forma de nicho santo, protegidos por un trozo de valla de tablones. Los toreros utilizaban como casa de cuadrilla la casa, contigua a la plaza,   del nieto del maestro herrador Diego Basquez, también conocido por el de la Rumba. Aunque el aforo que pregonaba el Cabildo para conocimiento de forasteros y vecinos de los pueblos comarcanos, se decía que era de proximadamente seis mil personas, la realidad es que casi nunca se llegaba a esta mítica cifra. 

Se cuenta que cuando toreó la oriunda “Doña María de Gaucín”, sí que  se llenó hasta la bandera, pero quizá ello también sea pura fantasía. Como hubo de serlo el rumor que corría de los amores de la torera con el que había sido Corregidor de Gaucín, en tiempos no lejanos, una vez que ésta volvió al cenobio, cansada de exhibir por las plazas de España su valor, hermosura y virtud. Más cierto fue que consumió sus días en la  paz conventual, sin ser objeto de reproche alguno por parte de las religiosas Descalzas de Ronda, que, por el contrario, celebraban los éxitos de su arrecogía por los ecos que les llegaba de su fama en las plazas.

El coso no tenía ningún resalte de madera, a modo de estribo, como en otras plazas, lo que hacía más peligroso el juego de los toreadores y chulos perseguidos por los toros para saltar la barrera. Aunque había una doble soga, sujeta a fuertes postes, para separar a los espectadores, la medida era asaz precaria y más de una vez el toro había recorrido como Pedro por su casa el primer graderío ocasionando las espantadas y sustos del público. En la casa contigua a la torre ochavada de los Carmelitas, se descolgaba la puerta de acceso y se la dejaba expedita para que sirviese de entrada de los toros que se arrastraban despues de muertos, se bajaban por los grandes escalones que daban al patio del Convento y en él se procedía a su desuello y destazo por el matarife de la Villa, Melchor de Castañeda, y su ayudante, Nicolás Benites. Esta casa también servía de reunión para los toreros antes de la corrida y para caballeriza de los rocines de desecho que se utilizaban cuando actuaban picadores. También en ella aguardaban los señores sanitarios a la espera de poner remedio a algún desaguisado que ocasionasen los toros en los lidiadores. Incluso, el coadjutor de la Parroquia, cuando no el propio Beneficiario, disimulaban su presencia por si llegaba lo ocasión de impartir los últimos auxilios. Aquella tarde, se encontraban de guardia D. Pedro “El méico” y el Coadjutor D. Juan de Molina y Salas.

Los novillos los habían comprado en El Bosque y trasladados de noche con miles precauciones para que no sufrieran durante el trayecto, ni perdieran su trapío. Los porteadores utilizaron los caminos y veredas menos transitadas para evitar las cortijadas y alquerías, por lo que transitaron las cañadas de la mesta y los restos de caminos romanos, sorteando los más concurridos por lo que, en vez de subir por la cuesta de Salitre para bajar por el Salto del Cura hasta llegar a Gaucín, vadearon el Guadiaro por la Barca de Cortes y, arrodeando la vertiente saliente del Hacho, trajeron a los animales por la vereda del Montoro. Entraron al atardecer y los encerraron en la Huerta de los Frailes, desde donde el día de la corrida lo trasladarían al corralón que alindaba con la plaza y que servía de toril por ser propiedad del ya citado matarife, que asimismo hacía de alguacilillo en todas las corridas y festejos. El encierro, que no estaba exento de peligro pues los animales iban sueltos, solo guiados por el gañán de la ganadería,  estaba precedido de gran jolgorio de mozos y mozas, algunos de los cuales, sin permiso de la autoridad, se llegaban a los confines de la vereda de las viñas de Serrato a esperar a los gañanes que portaban los novillos. Sobre todo, acudían las personas de todas las edades al Huerto y a sus aledaños, viendo, desde el portalón del convento de los Carmelitas, como pastaban en los verdes de la Almunia de los Curas, que ya pertenecían al hijo de Diego, el zapatero. Algunos osados se descolgaban por las tapias e intentaban dar unos capotazos a los astados con gran vocerío de la chiquillería y alarma de los alguaciles. La víspera era, pues, una fiesta para los gaucinenses, como anticipo incruento del sacrificio que habría de venir.

El ritual de costumbre se inició con el paseíllo del alguacil a caballo, junto al que caminaba el notario D. Pedro Barroso que leyó en medio del rectángulo el bando que prohibía arrojar nada al ruedo, molestar a los lidiadores y otras recomendaciones de rigor que, como era natural, nadie cumplía, que para eso la soberanía residía en el pueblo pagano. Recibida la llave por el aguacil, este hizo el simulacro de abrir el toril y huyó a matacaballo abucheado por el público, mientras los picadores se habían situado en su sitio y los chulos se distribuían estratégicamente en el ruedo para ayudar al toreador. En aquellas fiestas de 1890 estaba anunciada la presentación de un joven torerillo, de nombre Emilio Torres Reina, nacido en el pueblo sevillano de Tomares, hacía dieciséis años. Venía precedido de curiosidad y admiración pues había colgado los estudios, con gran desesperación de sus padres; había tirado los libros, dejado las aulas y se había lanzado con otros amigos de su edad e inquietudes a otros pueblos cercanos donde se celebraban capeas . Ya era conocido en Gaucín, donde lo habían visto en el toro de cuerda del mes de abril capeando y dando quites en la plaza de la Fuente. Era entonces un chiquillo lleno de carnes anunciadoras de prematura obesidad, pero esbelto y aniñado de semblante y se hacia simpático con una sonrisa infantil que   cautivaba de inmediato. Quizá por ese porte cuasi orondo y su explosiva manera de expresarse, había adoptado el sobrenombre de “Bombita”. Vestía terno verde manzana con plata. Los banderilleros de su cuadrilla usaban el traje andaluz con sus calzones y medias de seda y los picadores sus pantalones de cuero recio, guarnecidos de hierro y madera para evitar en lo posible las cornadas.

El primer novillo salió furioso del corralón y embistió con saña al picador, derribando al caballo y esparciendo por el ruedo un amasijo de vísceras y sangre. Los chulos hicieron su trabajo. Sustituido el caballo por otro, la corrida siguió su curso y los banderilleros hicieron su oficio, con bonitas banderillas que había preparado Machado, el carpintero, adornadas con papel recortado. Como el novillo no había dado muestras de cobardía se obvió el episodio de las banderillas de fuego, cuya punta iba guarnecida de yesca encendida. Pese a ello, el público se olvidó muy pronto del espectáculo que más le enardecía y se concentró en el toreo del matador. Era Bombita un diestro infatigable, de repertorio amplio que recordaba a Frascuelo por el valor y voluntad que ponía y las suertes que intentaba. Despues de banderillear al quiebro brillantemente, arrastró hacia si las simpatías del publico. Cinco pases de pecho y cinco altos, entre la cuerna , amén de un faena larga con la muleta escarlata y en plena tensión. Esperó con bastante quietud y temple, a la distancia conveniente,  como estudiando el carácter de su enemigo, algo impropio de su bisoñez. Era curioso observar los aproches entre toro y matador, las rígidas paradas del uno para tratar de empitonar y los leves movimientos de cuerpo del otro que lograban esquivar como por milagro los cuernos. Metió el estoque hasta lo alto, hondo y recto, en la suerte de recibir que siempre entusiasmaba al público. Parecía que llevaba años empuñando el arma de doble filo y dura empuñadura. El toro levantó la testa, parecía  mirar al matador como reprochándole algo y, aunque apenas salía sangre de su testuz, le temblaron las patas y cayó redondo sobre la arena con toda la pesadez de sus carnes Los chulos recogieron sus capas, el caballo y el toro muerto fueron retirados rápidamente del albero, mientras la banda de música anunciaba la muerte con alegres pasodobles. Y, entre el bullicio, los vivas y la alegría frenética del respetable, el joven torero daba la vuelta al rectángulo. ¡Que gozo triunfar ante la gente!

Las dos faenas restantes a los novillos que siguieron, pese a que uno fue claro y otro incierto, fueron de la misma factura, cumplió con las leyes no escritas de tan cruento duelo y el éxito abrió las puertas de par en par al torerillo sevillano que tuvo la suerte de estrenarse en nuestra plaza. Aquella tarde en que mató su primer novillo, los aficionados, y en Gaucín los había y bien entendidos, presintieron que se hallaban ante un torero en ciernes.

A los pocos días toreó tres tardes seguida en Ubrique aumentando la buena impresión de los que le vieron en Gaucín. Estuvo en Nimes unas semanas después donde Don Próspero, el gran amigo de Gaucín y de Carmen la mujer del gitano García, había introducido años antes las corridas de toros.

Pero él no pensaba en nada de esto cuando los mozos lo llevaban en hombros, corriendo alegremente las calles del Convento y Velasca, hasta dejarlo en casa de D. Bartolomé Bonet, amigos de su padre, junto al Ejido del Muladar del Ciego, donde había encontrado aposentamiento. Él iba contento por haber demostrado un valor a toda prueba y una maestría  lograda tempranamente.

Y Gaucín, había alcanzado el honor de ser citado para la historia de la tauromaquia por esta presencia del joven Bombita.