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Miqueas 6, 1-8: Fe y Vida PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Jueves, 31 de Julio de 2014 11:12

 

 

MIQUEAS 6, 1-8: FE Y VIDA

NOTA PREVIA: Como ya he escrito, hoy, en "De nuevo La Zorrera", mi hermana Francisca me anima a publicar las reflexiones que hice, en la misa celebrada en La Trucha el pasado lunes, día 21, sobre la lectura que habíamos escuchado. Lo hago con cierto "yuyu", como dicen ahora, pero a lo mejor a alguien le interesa hacerse las mismas preguntas. Perdón y un abrazo.-

 

 

José Luís ha tenido la temeridad de no hablarnos hoy –con las palabras cercanas a que nos tiene acostumbrados- y ha confiado en que yo sea capaz de reflexionar sobre las lecturas que acabamos de escuchar. Se  lo agradezco, os pido a vosotros que me disculpéis  y confío en que sepamos interrogarnos sobre  lo que nos quiere decir el Señor.

 

Miqueas 6, 3. “Pueblo mío, qué te hice, en que te molesté: RESPÓNDEME”.

 

En este texto, recogido en la liturgia del Viernes Santo, el Señor se queja a su pueblo, que ha sido capaz de dar muerte a su Hijo enviado.

 

Y nosotros, ahora, después de la muerte y resurrección de Cristo, deberíamos intentar saber lo que Él quiere de nosotros.

 

Parece que la respuesta es clara en Miqueas: No espera  holocaustos, ni  ofrendas de corderos  y novillos, ni tampoco los ungüentos. Y, hoy, creo que el Señor tampoco se contenta con mis misas y mis devociones, con una Iglesia que administra sacramentos sin salir a la calle. El Señor no espera de los hombres que se centren en el culto, sino justicia, bondad y que se cuente con Él.

 

 

En 6, 8. El profeta nos muestra tres acciones positivas para verdaderamente agradar a Dios: Quiere algo más, y nada menos que tres sencillas cosas: obrar con justicia, amar la misericordia y caminar con humildad.

 

He leído que Miqueas es, sobre todo, un profeta de la justicia y su interés es lo que hoy se conoce como “justicia social”. Se mueve en el terreno de la relación fe-vida. Para él, el más grande pecado es la corrupción moral. Sólo concede valor a la religión en cuanto ella es capaz de producir la justicia en el individuo y en la sociedad. En 6:8 (“Ya se te ha dicho, hombre, lo que es bueno y lo que el Señor te exige: tan sólo que practiques la justicia, que seas amigo de la bondad y te portes humildemente con tu Dios”)  resume todo el contenido de la predicación de sus predecesores o contemporáneos: .Dice mucho en muy pocas palabras, que se pueden entender fácilmente: El Dios del juicio también es el Dios del perdón.

 

El Señor nos interroga y es tiempo de respuestas.

 

 

 

 

1.- ¿Qué debemos entender por “respetar el derecho… obrar con JUSTICIA”?

La justicia requiere que seamos honestos e imparciales (Éxodo 23: 1-3, 6-8).  Demanda que todos reciban un tratamiento justo en las leyes, pero especialmente aquéllos que cuentan con recursos limitados para defenderse a si mismos.  Exige consideración especial de las viudas, los huérfanos, y otras personas vulnerables (Deuteronomio 24: 17).

 

A Miqueas le impresionan más las injusticias de los poderosos que  los pecados contra el culto religioso y, por eso, ataca a los acaparadores y a los que oprimen al pueblo. En los siguientes versículos –que no hemos leído- da un curso de justicia social.

 

A nosotros, por ahora, quizá nos conviniese preguntarnos, por ejemplo,  sobre las recientes medidas contra los trabajadores (bajada de salarios, nueva vuelta de tuerca al absentismo…) en aras de una mejor producción para beneficio de las empresas. El Papa Francisco sí se lo ha cuestionado y ha dicho literalmente: “La economía ya no puede acudir a remedios que son un nuevo veneno, como cuando se pretende aumentar la rentabilidad reduciendo el mercado laboral y creando así nuevos excluidos” (EG 204)

 

A mí, personalmente, la justicia me exige (1 Cor 13. 4) una predisposición a tener paciencia (como nos dijo el Evangelio de este domingo: no cortar la cizaña, esperar a que se corte en su momento), a no llevar las cuentas del mal que me hacen los otros, a no irritarme, a alegrarme con la verdad, a excusar sin fin, a soportar al otro, a no juzgar y, menos, condenar. Y a saber que Dios no se oculta al que promueve la solidaridad, la fraternidad, el deseo de bien, de verdad, de justicia (EG 71)

 

Me pregunto: ¿Cómo soy tan osado para juzgar a los demás? ¿Cómo puedo quejarme, si mi lengua no descansa de lacerar a los demás, de emitir continuamente juicios temerarios sobre los que me rodean?

 

Qué peligroso y dañino es el acostumbramiento  que nos lleva a perder el asombro y el entusiasmo de vivir el Evangelio de la fraternidad y la justicia (EG 179).

 

 

2.-  “Amar la MISERICORDIA”.

Si no amo la misericordia, de nada me vale.

Como la palabra griega, ágape, en el Nuevo Testamento misericordia es una palabra que implica acción y no simples sentimientos. “Aunque todo lo tenga, si no tengo misericordia seré como un metal que resuena o un címbalo que aturde” (1Cor 13.1)

 

Y vuelvo a preguntarme: ¿De que me quejo, Señor, si mi misericordia no alcanza a perdonar los pequeños errores de los que me rodean?

 

En el hermano está la prolongación de la Encarnación (EG 179). Hay que crear una nueva mentalidad que suponga la prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos (EG 188). El trabajo humilde y generoso al servicio de la justicia y la misericordia con los más pobres, el reconocimiento del otro con sus palabras y sus gestos, es el camino más claro. No debe preocuparnos discutir los errores doctrinales ni la ortodoxia, sino la pasividad  y la complicidad culpable ante las injusticias intolerables (EG 194).

 

¡Cuantas palabras molestas a nuestros oídos: ética, solidaridad, comunidad de bienes, dignidad de los débiles… y cuanta cómoda indiferencia a los problemas que estas palabras provocan!

 

 

3.- Por último, obrar en justicia y misericordia, exige un constante ejercicio de HUMILDAD.

“Y humillarte para andar con tu Dios”, nos recuerda Miqueas.

 

Hay dos partes en el humillarse y el andar con Dios: En primer lugar, Dios debe ser un compañero constante, un refugio y un guía.  Pero, además, si hemos de caminar con Dios, no podemos ser arrogantes ni soberbios; debemos entender que todo lo que tenemos es un regalo suyo y, en ese caminar humilde, intentar preguntarnos adónde Dios quiere que vaya. Entender que Él es “nuestra ayuda y nuestro escudo” (Salmo 33: 20).

 

Unas preguntas finales: ¿Qué puedo decirle al Señor, si mi humildad llega a reconocerme como el mejor, sin que me haya equivocado nunca?

 

En resumen: ¿Cómo puedo quejarme, estar molesto (“en qué te molesté, respóndeme”), si no  soy capaz de perdonar y me callo cobardemente ante las injusticias; si no acepto al otro tal como es y, por el contrario, pretendo que se adapte a mi soberbia?

 

Y, para terminar, ya que estamos ante la Virgen de la Trucha, creo que no cabe otra dinámica que la de María, modelo de evangelización: la de la justicia y la ternura, la de contemplar y caminar hacia los demás, dejándose guiar por el Señor: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).