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Mítica Sierra PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Domingo, 02 de Agosto de 2015 23:03




Los giennenses primitivos, a las orillas del rio Valdearazo, supieron seleccionar sus cuevas de acogida en los riscos más recónditos, junto a los dólmenes y bordeadas de acantilados de caliza, donde reproducir en apartada oscuridad pinturas de figuras humanas esquematizadas, representaciones de animales y deidades de ojos radiantes. Sobre el valle mágico donde  la naturaleza toma las riendas del lugar, el castillo de Otíñar, construido –se dice- por una confluencia energética natural que los templarios sabían interpretar. En todo caso, uno se sobrecoge ante la belleza y el misterio de lo místico, ante estos peñascos habitados desde hace milenios. Por algo será…


Me llega el tiempo de mudanza y he de dejar la sierra y bajar el nivel del mar en busca de sus aires de levante y de poniente, en los que se mecen, perezosas, las gaviotas. Pero, aún me llega reiterativo el ruido de murallas y defensas. Tiraron el muro de Berlín e incluso quieren abrir los guantánamos cubanos. Por  allá mismo,  un estridente rico llamado Trump se siente con fuerzas para levantar una pared a lo largo de la frontera mexicana Y por acá, pretenden que una valla separe Hungría de Serbia. Mientras, nosotros llamamos disuasorias a las concertinas que coronan nuestras fronteras africanas y  pretendemos exteriorizar la batalla en las catalanas, mimando al alcalde xenófobo que, de seguro, limpiará a Cataluña de indeseables y renegados. ¡Adónde vamos a llegar…!


Pero, no. Por favor: no empecemos con las monsergas de los hombres civilizados. Sigamos en las fragosas laderas que bajan a bañarse al Quiebrajano, para despedirnos de ellas con un melancólico hasta luego… Pienso, sin embargo, que mejor será huir de la melancolía, que produce trastornos en el cuerpo y en el alma -aunque pueda estar bien vista por poetas-  y contra la que, desde antiguo, se recomiendan infusiones de eléboro -de raíz fétida, acre, algo amarga y muy purgante-  para limpiar las brumas del cerebro. Dejemos estas cuitas para nuestro inmortal hidalgo, quién,  mientras lo llevaban atado y arrinconado en el carro, “iba con tanta paciencia, / iba con silencio tanto / como si un hombre no fuese / sino una estatua de barro”, según lo describe mi hermano Teodoro en su reciente libro “El Quijote en romance”.


En todo caso, es bueno, ante lo fugaz y transitorio de nuestros días, permanecer persuasivo en el discernimiento y pausado en la acción. Tal como contemplo –mientras descanso en el sendero que discurre por el antiguo camino serrano a Granada- en las hormigas que cruzan lentas y constantes en busca de la lluvia que no llega…


Espero que me quede el recuerdo de otro trozo de verano truchero: Despertar con el jilguero, mientras la noche se escapa en busca del alba y su lucero. Recibir el saludo rumoroso del río, entre los álamos y llorones escondido. Y buscar, desde el primer respiro, la  melodía de las palabras amigas… Saber descifrar las caricias de las aguas que se mecen a la sombra de cipreses abrazados en reata. Descubrir con los niños que vienen los vientos, se va la lluvia, y llegará inexorable la alegría. Recordar a los que se fueron en el último año –sin desatar cobardes las nostalgias- y paliar la ausencia en los verdes setos. Y, por mucho que lamentes ser apenas una sombra del fugaz verano, hay que aflorar la inmensidad de los adentros, para hacer lo que la primavera hizo con los almendros…



La tarde –como yo mismo- se va con su misterio: plena de recuerdos y vacía de todo. Y de nada. El día pálido de luna, asoma tras la nube fugaz de un pajarillo juguetón. Y la copa del álamo se dibuja tintineante en el cielo, como una lágrima  de lluvia y de ausencias. Las sombras vuelven perezosas, vanas, en el olvido eterno, mientras lloro las hojas de mi desnudez liviana. Y pienso, con la voz silente de Neruda, que “la noche está estrellada y ella no está conmigo… No sé si la encontrare al llegar al mar”.


En todo caso, me queda el suave tic, tac del viejo corazón, con su monótona candencia, mientras mide segundo a segundo, minuto tras minuto, las horas que me restan y me estremecen... Quisiera que fueran de silbantes notas de alegría.