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En busca del descanso PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Sábado, 15 de Agosto de 2015 23:03




Estas fechas son propicias para hacer posible que haya mística en las hojas, en el camino, en el rocío, en el rostro de los pobres… Es -la contemplación-  una capacidad al alcance de los que buscan el éxtasis en la música o en la poesía. Porque hay un secreto sutil en cada uno de los movimientos y sonidos de este mundo. Los iniciados, en palabras del maestro espiritual Ali Al-Kawwas -poeta místico islámico citado por Francisco en LS-, “llegan a captar lo que dicen el viento que sopla, los árboles que se doblan, el agua que corre, las moscas que zumban, las puertas que crujen, el canto de los pájaros, el sonido de las cuerdas o las flautas, el suspiro de los enfermos, el gemido de los afligidos…” Eso -nada menos- y otras cosas nos ofrecen los momentos de sosiego, de silencio, de intimidad, de descanso…


En este mundo desconectado de la palabra -sólo unido al móvil despersonalizado y ladrón de nuestras reservas y encadenado a la red “de los corazones solitarios” de que nos habla Juan Cruz-,  me esfuerzo en esperar la llegada de las olas finales de la tarde, ilusionado ante sus caricias postreras. Sin embargo, enfrente avanza la mole sombría del Peñón, como un negro seno desdentado que viniera a devorarme sin compasión. Al unísono, las nubes blancas –tirando a pardas-   se llevan prisionero al  sol sin apenas jirones de clemencia… No sé que le pasa esta tarde a las gaviotas que no vuelan ni persiguen a las palomas en su ronroneo estúpido, mientras la niebla preñada de celajes se adentra en este lado del corazón… En todo caso, sigo en el intento de serenar mi atardecer, más allá de esa Roca de las imposiciones, coronada –como siempre ocurre con los acontecimientos históricos- por una cresta de despropósitos e incomprensiones, tras un muro de bruma intensa. Por mucha jactancia histórica como la que hemos desplegado a lo largo y ancho de cuatro siglos de vindicaciones sin consistencia, Gibraltar –señalada desde la antigüedad como una de las dos míticas columnas de Hércules- sigue ahí como una ilusión frustrada sin remedio: “Rosal, menos presunción / donde están las clavellinas, / pues serán mañana espinas / las que agora rosas son”, cantaba en su letrilla Quevedo, aventurando el desastre y sus consecuencias.


Me desprendo de estos ocultos pensamientos, para volver a la realidad –o a la quimera-  de esta tarde noche plomiza, a caballo del Mediterráneo -maternal y entrañable- y el Atlántico –inmenso y absorbente-, mientras me figuro “estar oyendo a mi madre, / desde la orilla de mis días, / llamarme sin descanso”. Las montañas y, también, los valles solitarios, nos cantaba Juan de la Cruz, “dan refrigerio y descanso en su soledad y silencio… son mi Amado”. Es una dimensión espiritual, receptiva y gratuita, diferente al mero ocio vacío o al desenfreno voraz de nuestros días. Algo que busca el descanso creativo dentro de la naturaleza, llena de palabras de amor. Para encontrarlas sin prisas, en serena armonía, en un intento por descubrir un nuevo estilo de vida.


Va más allá, incluso, del simple descanso que proporciona la noche con su misterio –en el inmenso insomnio del universo- y se desvanece al levantarnos. En nuestros sueños permanecemos en el azul de las sombras y, al despertar, descubrimos un nuevo día: temblamos temerosos. Por el contrario, el descanso celebrado a conciencia, sintiéndote en el mundo sin estar en él, encuentra la riqueza del frescor en las cosas que te rodean: el agua, las arboledas, sus aves, las ramas en que reposan… Ese descanso penetrante es el que libera en verdad.


Ahora, sí: me reconforta y me permite –pienso-  “seguir vivo en mis sueño / y despertar sólo en el mar de la luz /  mientras  el aire tiembla”. Que es tanto como intentar buscar el descanso deseado. Y encontrarlo en el interior. Donde se cruzan las orillas de la infancia con las olas del presente: en el límite exacto del miedo y la plenitud. Allí donde la verdad se agita temblorosa, en el vértice mismo del naufragio. ¡Misteriosa incertidumbre!