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De la soledad y sus remedios PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Domingo, 11 de Octubre de 2015 23:44

 


Después de terminar de escribir este pequeño desahogo, caigo en la cuenta de que su publicación coincide con la celebración del Día de la Hispanidad, nuestra fiesta nacional: el día del Pilar. Más específicamente, día de mi mujer, con la que, en Gaucín, pueblo donde nacimos,  acabamos de celebrar –en familia: hijos, nietos, hermanos y sobrinos; en torno a los ochentas personas-, precisamente, su ochenta  cumpleaños. Pienso que ha sido una oportunidad para compensar  el drama de la soledad y cuadra, como anillo al dedo, con el hilo argumental de las siguientes reflexiones.


En este mundo global, en el que todo nos parece tan cercano, tan a mano, tan abarcable… en este espacio sideral en el que parece que basta con teclear en nuestro iphone, penúltima versión, para acceder al más lejano lugar o al más arcano de los pensamientos ajenos, resulta alarmante la soledad que amenaza a ese mismo hombre, abandonado en tantas aristas de la vida. Estamos indefensos, como robinsones en nuestra personal isla desierta, como un recluso de nuestras ambiciones en una celda aséptica y silenciosa… Vagamos en soledad y desconcierto como eterno peregrino, tal que un emigrante de raza ajena, un refugiado de todas nuestras crueles guerras… Somos como el niño sin padre, el joven prisionero de la droga y el consumismo, el anciano de mirada vaga en el asilo al que ha sido llevado por los suyos… Lloramos en soledad nuestra pobreza vergonzante, nuestros divorcios incomprendidos e incompresibles, en definitiva, nuestro desarraigo familiar.


Precisamente, es la soledad el primero de los aspectos que el Papa Francisco ha puesto de relieve con motivo de la apertura, el pasado domingo, del Sínodo de los Obispos sobre los nuevos desafíos de la familia. La secuencia de su hilo discursivo me ha parecido perspicaz: la soledad no le va al hombre; está llamado “a amar y a ser amado y para ver su amor fecundo en los hijos”; en definitiva, la familia es la solución más correcta porque el objetivo de la vida conyugal no es únicamente vivir juntos, sino también amarse para siempre. El ser humano no ha sido creado para vivir en la tristeza o para estar solo, sino para la felicidad, para compartir su camino en familia.


El objetivo, según Bergoglio, es “buscar, acoger y acompañar” a las personas en un contexto donde la soledad se ha convertido en “el drama que aflige a muchos hombres y mujeres… pienso en los ancianos abandonados incluso por sus seres queridos y sus propios hijos; en los viudos y viudas; en tantos hombres y mujeres dejados por su propia esposa y por su propio marido; en tantas personas que de hecho se sienten solas, no comprendidas y no escuchadas; en los emigrantes y los refugiados que huyen de la guerra y la persecución; y en tantos jóvenes víctimas de la cultura del consumo, del usar y tirar, y de la cultura del descarte.” El Papa ha pedido que se ponga en valor “el amor fiel y duradero”, al tiempo que llama a tener presente que “la Iglesia debe ser un hospital de campaña que busque y cure a las parejas heridas con el aceite de la acogida y la misericordia, con las puertas abiertas para acoger a quien llama pidiendo ayuda y apoyo; aun más, de salir del propio recinto hacia los demás con amor verdadero, para caminar con la humanidad herida…Una Iglesia que educa al amor autentico, capaz de alejar de la soledad, sin olvidar su misión de buen samaritano de la humanidad herida”.


Este es el reto que tiene por delante el Sínodo (estudiar el acceso a los sacramentos de los divorciados vueltos a casar, los nuevos tipos de familia, la comprensión hacia los homosexuales…), sin que deje de constatar, junto a las expectativas despertadas,  la oposición al cambio que se manifiesta en los sectores más conservadores de la propia Iglesia. Toda apertura parecerá excesiva a éstos y, para la mayoría de los no creyentes, resultará escasa. En este sentido, me temo que Francisco sienta la soledad ante parte significativa de la curia romana, a la vista de recientes acontecimientos.


A todo esto, puedo constatar que mi entorno familiar sigue vivo, aunque, la verdad, no creo les interese en demasía. Pero me consuela saber que, aunque a veces en la soledad “encuentras el puente, el río y el pinar desiertos” -como nos cantaba Rosalía de Castro-,  es necesario no “vagar en la niebla / en soledad de piedras y sotos” (Hermann Hesse), ya que, en la familia, siempre se irán las nubes y vendrá una lluvia fina para acompañar nuestros senderos, en los tiempos de alegría y aún en los más dolorosos. Como un silbo sobre las olas. Como un festín de flores de alegría y de dulzura, de fidelidad y de amor permanente. Pasan los años, las lágrimas tardan en salir y las palabras se hacen más lentas, pero tienen la ternura de siempre.

En la familia, siempre amaneces cuando aciertas a mirar en rededor de la viña.