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Escrito por Salvador   
Lunes, 09 de Noviembre de 2015 20:23

 



Escribía estas notas recién estrenada la semana pasada, al tiempo que la Mesa de Portavoces del Parlament convocaba el Pleno para el día 9. Tenía que pergeñar estas consideraciones con antelación inusual, porque nos íbamos toda la familia de viaje a Roma –un regalo de nuestros hijos-, donde estamos dando los últimos coletazos a este remanso de jolgorio familiar. Cuando vuelva, me encontraré la solución al sudoku de esta semana. Pero es obligado, a propósito de esta interminable farsa, hacer algunas breves puntualizaciones que alejen mi conciencia de este teatrillo desarreglado, ramplón y grotesco, que no acierto a definir si es cómico, trágico o, sencillamente, tragicómico.


A bote pronto,  no puedo desechar la idea –quizá peregrina, pero menos- de que todo este andamiaje le viene de perillas a los que no saben dar respuestas a los problema de andar por casa que son los que preocupan de verdad a los españoles. Y a los catalanes de residencia, también españoles mientras no se desapunten, digo yo. Pienso también qué no hay mejor regalo para los corruptos que este alboroto mediático, que fija el punto de mira en las patochadas de cuatro irresponsables que pretender llevar a España al disparadero.


Es posible. Y la prueba es que yo mismo estoy cayendo en este desliz y sigo, erre que  erre, enmerdado en el tema, en vez de escribir –para eso estamos en precampaña permanente- sobre el paro rampante, la precariedad del novísimo empleo o las bolsas sin fondo de la pobreza. Incluso de los casos de corrupción de todos los días, sin olvidar el rosario de la aurora de la saga pujolista -que alardea, por eso de la “omertá”, de que ningún miembro de la familia entra en prisión-. La verdad es que no merece la pena distraer al personal con estas pequeñas tragedias. Es evidente que los que las intentan esconder se carcajean presentándonoslas como leves fruslerías. Y siguen a lo suyo.
Entrando, pues, en la espiral de estulticia que nos envuelve, la verdad es que  no es posible seguir indiferente, ante el reto sin precedentes que supone el órdago del Parlament. Con vulneración de sus propias normas y del Estatuto, incluso sin estar formalizada la Mesa, se convoca un Pleno para declarar unilateralmente la republica catalana, sin la mayoría tan siquiera de los votantes que residen en la propia Cataluña.  Ante este panorama, creo que sería mejor que dejásemos de jugar al juego de la republica catalana, que es más cansino que el de la oca de mi infancia. Y también del estéril  juego de los recursos ante el TC que, aparte de incidir en el vicio de la judicialización de la política, no lleva a ninguna parte, salvo a promover mártires.


No se por qué no aparcamos los egoísmos, las intransigencias, los narcisismos, las intolerancias y los fanatismos. Me cansa esta obsesión por patrimonializar España y Cataluña, que no pueden quedar al albur de las gracietas que quieran colarte unos iluminados de cortas miras. Es hora de sentarse a dialogar, a discernir en común para buscar algo que nos pueda unir, algo a lo que asirse más allá de la indiferencia a la espera de ver pasar el cadáver del enemigo. Quizá hayamos dejado transcurrir demasiado tiempo –por ignorancia o de propósito- y estemos a punto de asistir a  nuestro propio entierro.


Los filósofos Emilio Lledó y Manuel Cruz,  han hecho recientemente  un llamamiento a los políticos para que sean más fluidos  de mente: “La ignorancia individual es inocente, pero un ignorante con poder es catastrófico para una sociedad. Y, desgraciadamente, el no querer pensar, dialogar o entender está a la orden del día de nuestra política… los grumos mentales, que pueden haberse forjado por una mala educación, no dejan fluir el pensamiento e impiden el diálogo”. El diálogo es una de las formas de expresión más vivas y poderosas. Si a estas alturas de la vida no sabemos dialogar y encontrar espacios de acompañamiento, si no somos capaces de consensuar y  comprometernos con algo, es que estamos en las últimas, a punto de pasar a mejor vida.


No es tiempo de distribuir condenas o anatemas, sino de buscar puntos de vista que enriquezcan y animen el diálogo, más allá de recrearnos en lo más reseco de nuestros corazones o en los recovecos de las leyes inmutables y de los resabios. Es preciso despertar de la modorra, dialogar francamente y sin prejuicios, salir del desaliento y la negatividad.


Es más, no quiero seguir en la noche negra que nos cantara Rubén, repleta de “estrofas sombrías, / de vocablos sangrientos / que me suele enseñar la musa pálida, / la triste musa de los días negros! “. Es alucinante que se hable de desconexiones democráticas y se estén considerando respuestas proporcionadas, más allá de soluciones dialogantes. En síntesis, nada más grafico que la salida seudo justificativa: “para chula Forcadell, chulos nosotros”.  Porque, no otra cosa es este dialogo de besugos en el que, como insistía el hispánico Darío,  “callo como un mudo o charlo como un necio, salpicando el discurso de burlas, carcajadas y dicterios”, para terminar por  encontrarse –me recuerda el panorama catalán-   “medio loco de atar, medio sonámbulo, mis endiablados versos que imitan, en sus cláusulas y ritmos, las músicas macabras de los muertos!”.