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Escrito por Salvador   
Lunes, 23 de Noviembre de 2015 00:52


Me lamentaba de no haber podido asistir a la convocatoria mensual de apoyo a refugiados y emigrantes del Círculo de Silencio, que organiza, entre otros, el Proyecto Rajab de la IT,  cuando recibí un correo de mi amigo Juan, con el prometedor consejo de Bertolt Brechet: "No aceptes lo habitual como cosa natural. Porque en tiempos de desorden, de confusión organizada, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer natural. Nada debe parecer imposible de cambiar.” Me vino bien esta reflexión llena de esperanza, en estos tiempos azotados por las alucinaciones catalanas y la esquizofrenia del pasado viernes parisino, el 13N. Estamos tan habituados a este estado de psicosis, que nos parece lo más natural del mundo ser zarandeados desde todos los extremos, con el fin de mantenernos en perpetuo trastorno y tensión.


Por ello, preciso será intentar recapitular con un aliento de serenidad ante la barbarie, especialmente la desplegada en la tierra de la libertad y, si es posible, alejado de las protectoras banderas y los imperecederos himnos. De las banderas y sus grandezas ya se ha hablado largo y tendido y no hay que insistir en sus acogedores efluvios. Pero sí quisiera puntualizar sobre algo que desconocía y me ha llamado poderosamente la atención al leer por primera vez la letra de La Marsellesa.


Resulta cuando menos sorprendente que un alegato tan belicista y, por momentos, de neto sentimiento xenófobo, se convierta en  adalid de los principios que encarnó la sociedad francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Preferible es un himno sin letra a otro que contenga expresiones como “¡A las armas, ciudadanos!, ¡Formad vuestros batallones!,  ¡Que una sangre impura -“sang impur”- inunde nuestros surcos!...¡Franceses, asestad vuestros golpes… tendremos el orgullo sublime de vengarlos o de perseguirlos.”


No me puede sorprender, por tanto, el “estamos en guerra” de Hollande. Pero, en todo caso, me mueve a la reflexión esta declaración de intenciones y la réplica inmediata, incluidos ataques nocturnos de aviones sobre el estado (¿?) agresor. Es más, se han buscado nuevos motivos para aumentar el miedo reinante, con las posibles, probables o imaginadas guerras de gases venenosos. Es una bonita manera de solucionar el problema, ésta de amedrentar al personal. A ver que nos dicen con el nuevo ataque de Al Qaeda en Bamako, capital de Malí, donde el Sr. Margallo se ofreció a ayudar al ejercito francés, lo que de inmediato desmintió la Vicepresidenta tras el nuevo atentado, en un alarde de excelente coordinación de combate. O con vistas electorales, vaya usted a saber.


Para el sereno discernimiento que me propongo, me han servido de acicate dos mensajes –de esos que llaman whatsapp- que he recibido estos días. Uno de ellos, brusco pero razonable, es una viñeta de El Roto en la que alguien que pilota un avión militar dice “La solución a las bombas son los bombardeos”, a lo que alguien contesta “¡Lógico!”. En el otro, tirando a blasfemo, aparece la figura del Presidente y esta leyenda: “Artur Mas ha dicho que Alá es maricón. Pásalo!!!!!”.


El belicismo y la xenofobia, podrían ser alguna de las causas de este desaguisado. Que, por cierto, no es de ahora: viene de lejos. Lo novedoso, si acaso,  es  la reiteración del fracaso de las medidas de protección, que han fallado pese a los avisos clamorosos de los 11S, 11M, 7J y, más recientemente, el 7E de Charlie Hebdo… Desde esta perspectiva, bueno sería pensar si el problema se soluciona con bombardeos precipitados sobre un grupo de desalmados al que se le quiere dar el nombre de “estado” y que, en el fondo, es un conglomerado de sicarios suicidas arrebatados por el fanatismo.


En todo caso, las consecuencias inmediatas serán las de siempre: el aumento de las medidas represoras -Francia y Bélgica se han apresurado a modificar  sus leyes antiterroristas, incluida la incitación al odio-, acercándonos cada vez más a los países totalitarios, con reducción de garantías de derechos. La UE ha aprobado el control de las fronteras exteriores que pidió Francia, lo que supone de hecho  el final del espacio Schengen ¿Qué hacemos después: se cerraran los estadios y las salas de fiestas del mundo occidental? Estamos ante una psicosis en espiral contra la emigración y a favor de la seguridad y la represión.


Pero, hemos de buscar una salida distinta y no dejarnos amedrentar, pensando incluso que el nuevo objetivo yihadista es AlAndalus. Si “la paz es fruto de la justicia” (Isaías), es evidente que la guerra y la violencia reciprocas serían el fruto de este mundo nuestro tan injusto. Todavía hay niños que musitan sobre la eficacia de las flores y velas para protegernos; y me valen gestos como el del musulmán con los ojos vendados que imploraba: “confío en ti, ¿tu confías en mi? Pues, abrázame”.


Aunque no hay que simplificar en una sociedad poliédrica como la nuestra, es obligado pensar que aun cabe la esperanza…Y  no se trata ni siquiera de saber «cómo» sucederán estas cosas, sino «cómo» debemos comportarnos, hoy,  mientras vamos al encuentro de soluciones. Estamos llamados a vivir el presente, construyendo nuestro futuro con serenidad y confianza, porque la perspectiva del final no nos ha de  desviar de la vida presente, sino que nos hace mirar nuestros días con una óptica de esperanza. Como ha dicho, a propósito de los sucesos de Paris, el Papa Francisco “deseo volver a afirmar con vigor que el camino de la violencia y del odio no resuelve los problemas de la humanidad, y que utilizar el nombre de Dios para justificar este camino ¡es una blasfemia! La misericordia, suscite en los corazones de todos pensamientos de sabiduría y propósitos de paz”.


Por lo demás, no podemos regalar nuestro miedo y, menos, nuestro odio al terror yihadista.