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Hace frío PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Lunes, 30 de Noviembre de 2015 00:01



Siempre que se acerca el invierno, experimento una cierta prevención porque a mí me gustan más las calores, aunque a veces te entren ganas de arrancarte hasta la piel para poder respirar. Con la llegada de las nieves, no hay manera de dejar de tiritar, aunque te atiborres de abrigos y me viene a la memoria una escena de “Doctor Zhivago”, en la que el protagonista, Omar Sharif, deambula con la mirada perdida, la boca entreabierta y unos pequeños chuzos enredados en su barba gris a causa del frío de la estepa. A propósito de ello -y pese a que andamos entre el fragor de una guerra no declarada e indeseable y la demencia catalana que parece no cesar-  quiero detenerme en las colas interminables que intentan cruzar las fronteras balcánicas en busca de una paz que no llega…


En las lindes de la nada -un drama persistente- se palpa el miedo en las sombras humanas, azuzadas por guardias fronterizos indiferentes al dolor. Son anchas e interminables filas de hombres y mujeres exhaustos, sin brújula, entre ansiedades y privaciones. Los viejos con sus andares vacilantes y remolones, dando ánimos sin convicción. Los niños preparados para crecer en la escasez, sus piernas cortas y las orejas pequeñas para adaptarse al frío del nuevo hábitat, como si fueran diminutas marmotas. Todos chapoteando sus tenues calzados en la nieve embarrada y rodeados de basuras, mientras miran el vacío frente a ellos,  con ojos distraídos, amedrentados, diferentes a los tuyos.


Lejos de las fronteras -en los despachos de la burocracia comunitaria- se esfuerzan en contabilizar el coste de la acogida. No es preciso –ni conveniente- hablar de los cinco millones de refugiados en Turquía y Jordania y de no sé cuantos en Líbano (incomprensible, con jerarcas que rezan a Alá), porque bastante tenemos con realojar a los doscientos o trescientos mil del cupo que nos hemos asignado en la UE. Y Manuel Valls aboga por mejorar los controles en las fronteras exteriores de la zona Schengen y por cooperar con  los países fronterizos a Siria para encontrar "soluciones", a fin de que esos mismos países puedan acoger aún más refugiados. En todo caso, ya tenemos arrinconados los lejanos casos de los refugiados del África negra (Somalia, Chad…) y confiamos en que el bullicio de estas nuevas oleadas se diluyan con el tiempo, como ya se olvidó lo de Ailan Curdy –impactante: un niño blanco vestido con ropa occidental-, anclado en las arenas de una playa turca. Es encomiable la frialdad europea y hemos de esperar que todo se solucione a su tiempo, sin prisas y con prudencia, virtud principal de los gobernantes.


Ustedes sabrán disculpar que no me detenga en estos problemas de la periferia de nuestras fronteras. Bastante tenemos como unirnos en torno al peligro islamista, envueltos en banderas patrias al son de himnos enardecedores. Me da no sé qué decirlo, pero, a despecho de ser tachado de buenista e ingenuo, me estoy cansando de tanto ardor bélico, de tanto alarde de bombardeos contra objetivos inconcretos, de tanto obviar quién fabrica y vende las armas que se usan contra nosotros, de hacer la vista gorda a la financiación del yihadismo… No sé si es correcto políticamente, pero me gustaría que nos pusiésemos todos a trabajar en busca de la paz, sin pensar a qué guerra apuntarnos. Es falso el dilema entre matar al enemigo o dejarnos matar por él. No puedo admitir que la guerra sea el único remedio contra la guerra. Puede que esté equivocado –como en tantas cosas- pero lo contrario a la guerra es… la paz. Algo habría que hacer para buscarla.


Pienso que, sin dejar de ejercer lo necesario en defensa de España y los españoles, lo esencial es saber centrar la cuestión en sus propios términos. Claro es que, en esta tesitura, si no sabemos decidirnos –en período electoral- por ayudar a Francia, mal nos va ha importar el futuro de tanto refugiado que espera nuestra acogida. Mi preocupación por el tema de los refugiados (pese a no estar ya en la agencia mediática) se enraíza con la esencia de lo que queremos que sea Europa –en la que estamos nosotros, como lo está Francia o Cataluña, con sus problemas-. Esta Europa nuestra, fragmentada, sin consistencia y estructura internas, pendiente de sus egoísmos particulares y, sobre todo, miedosa (Bélgica es el paradigma estos días) y ensimismada, que prefiere ser una fortaleza en vez de un lugar de acogida. A mi pesar, me da la impresión de que las corrientes de sensibilidad social y comunitaria no son abundantes. Mas bien, discurren por políticas del control de flujos, marginando la preocupación por la dignidad y los derechos de los migrantes.


En todo caso, algo habrá que hacer, aún en esta ahora, en que la tarea más acuciante es la de esperar en silencio y sosegadamente la llegada del atardecer. Lo que no quiere decir que no me haga oír, como mínimo en mis esperanzas más íntimas. Ni tampoco que me amodorre en el sillón articulado que me regalaron los hermanos en el reciente cumpleaños. Ahora es, precisamente, cuando más tienes que alzar la voz de la ilusión,  y la ensoñación, y lanzarla al aire como si de una mariposa vagabunda se tratara. A la espera de que se pose sobre esa flor que anida en el corazón del otro.


Sin descanso, pero tambien sin apresurar el paso -aún sin cerrar los bordes de la amargura- hay que intentarlo antes de que el sol se esconda y penetre el frío por todos los horizontes de la duermevela y las palmas de las manos aparezcan vacías, sin tan siquiera una pizca de almíbar, como se esconde un rizoma de lirio entristecido… Sería confortante poder decir con el Cantar: “Levántate, amada mía / hermosa mía y vente. /  Mira, el invierno ya ha pasado, / las lluvias cesaron, se han ido. / Brotan las flores en el campo…”