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Al corro de las patatas PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Lunes, 14 de Diciembre de 2015 00:12


Los que ya estamos en tiempo de desmerecer solemos volver la mirada al pasado y recordar las viejas canciones de nuestros juegos infantiles. Había una en la que los niños, mientras girábamos en círculo cogidos de la mano, cantábamos: “Al corro de las patatas comeremos ensalada, lo que comen los señores, naranjitas y limones. Achupé, achupé sentadito me quedé”. La letra no tenía sentido porque no se sabía si lo que comían los epulones eran las toscas patatas o los  refinados postres, si es que el amargo limón lo fuese; aparte de que el “achupé” no había quien lo entendiera, como no fuera un derivado del chupé (guisado hecho de papas), y significara que los lázaros que comían las patatas se quedaban sentados del exceso de tubérculos. Lo cierto es que girábamos, nos sentábamos, volvíamos a girar hacia un lado o al otro según el que dirigía el corro, de nuevo nos sentábamos… vamos: una verdadera ensalada. Tan contentos y despreocupados. 
Cabalmente: lo que estamos viendo en el patio de nuestra arena política.


El próximo lunes ya podremos adornarnos a toro pasado, pero lo difícil es predecir lo que saldrá de las urnas el 20-D.  Si acaso, se intuye un sentimiento generalizado de cambio. Pero la pregunta es qué cambio se avecina: generacional (viejos y nuevos partidos) o ideológico (derecha o izquierda). Cuando leamos estas notas, sabremos si giramos a uno u otro lado de la rueda de las patatas. O nos quedamos sentaditos en el achupé.


De momento, fuera de nuestro patio ya tenemos algunas muestras recientes. La izquierda vuelve a colear en Portugal con la vuelta de los socialistas y ahí tenemos  el intento semifallido del laborista J. Corbyn en el Reino Unido. A la derecha, los ejemplos son más significativos: Un tal Trump, en cabeza de las presidenciales en EEUU, prohibirá la entrada de musulmanes cuando gane. Argentina y Venezuela acaban de dejar atrás al peronismo y al populismo chavista y se echan en brazos del neo liberalismo rampante. En Francia, la ultra derecha de  Le Pen surge  como primera fuerza, mientras a su rebufo renace de sus cenizas el viscoso Sarkozy.



Y, en España ¿qué? Por lo que nos dicen, hay que tomar “España en serio”, si es que, hasta ahora,  hemos estado de cachondeo. Me temo que no estamos para bromas, pero los candidatos giran a un lado  o a otro, imperturbables y sin diferencias destacables. Unos a otros se quitan la credibilidad, se ningunean, se echan en cara las herencias recibidas y las por venir, se anatematiza la juventud inexperta o la vejez y el pasotismo, se temen entre sí y meten miedo si se vota al otro. Estamos ya en la fase de los improperios, no solo del “y tu más” sino de las descalificaciones personales.


Mientras, el ámbito de las propuestas sigue en la nebulosa. Eliminación de la agravante por violencia de género es lo novedoso de Ciudadanos. Por su parte, Podemos promete a los catalanes un referéndum en el plazo de un año. Para cambiar, Pedro Sánchez eleva el tono mitinero y nos quiere convencer a gritos de lo bien que lo hicieron, se lamenta –esta vez con razón- de la triple pinza (y, por lo bajini, de la falta de sintonía entre algunos de los suyos) y recurre al voto útil. De Rajoy, el defensor de una España “normal”, ya conocemos la nueva tanda de promesas a incumplir, mientras se esconde –más allá del plasma- en las faldas de la vicepresidenta (¡vergüenza democrática!) porque le “aburre hablar de los demás” oponentes.


En todo caso, lo que no vale es conformarse con el “sentadito me quedé”, esperando las “medidas adicionales” que anuncia de Guindos en respuesta a las nuevas exigencias de Bruselas. O, por ejemplo, a que los sindicatos, que perecen tan contentos como los patronos, alcen un poquito la voz. O que el Banco de España ponga patas arriba el negocio de los bancos. O que, de una vez por todas, llegue la reforma del sistema fiscal y se reduzca la desigualdad. Sentaditos, a la espera de que se incentive la innovación, desaparezcan los salarios basura, aumente la masa salarial que incentive la demanda, desparezca la economía sumergida y se afiance la recuperación. Sentaditos y sin saber qué hacer en Europa, a la que nadie nombra.


Ni tampoco es de recibo el “sentadito me quedé”, soportando resignadamente la corrupción que no cesa. La que se llevó por delante a Chaves y a Griñán y la que estará a punto de prescribir –o lo que haga falta- en los casos Gurtël, Púnica. Y el chorreo diario, como el de los nuevos embajadores “conseguidores”. Sólo resta alegar la presunción de inocencia o creer que es algo 'absolutamente normal', lo que denota como está el corro. Pese a que,  a mi juicio,  sean modos tanto o más perniciosos que las puertas giratorias. O que los limbos en los que se carcajean los Barcenas, Ratos, Blesas y Cía.


No, no nos podemos quedar sentados esperando que nos arreglen tantos otros desaguisados: el nefasto y dirigido sistema electoral, las carencias en educación, sanidad y cultura, el marco comunitario y su financiación, la inmunidad de los aforados, la lentitud de la justicia, el despiporre de un sistema administrativo descontrolado, la independencia real y efectiva de los poderes institucionales incluida la televisión pública… lo que ustedes quieran.


El problema no es sólo que nos hayamos quedado esperando un debate clarificador. Lo preocupante es la desfachatez reinante y el fantasma de la inanición. Es como si Beckett siguiese “Esperando a Godot”: dos vagabundos esperan en vano junto al camino a alguien que nunca llega, símbolo del tedio y el sinsentido. Al final, los protagonistas se dicen “¡Qué! ¿Nos vamos?... Sí, vámonos…”, pero el telón baja sin que ellos se muevan. Antes se habían dicho  "¡Nada ocurre, nadie viene, nadie va, es terrible!"


¡Ojalá no sea este nuestro drama!