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Locos de atar PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Lunes, 08 de Febrero de 2016 00:04


Me estoy acordando de aquel Jack Nicholson que, de la mano de Milos Foreman, voló sobre el nido del cuco, intentando poner de relieve que la dignidad del individuo está por encima incluso de la enfermedad mental, muy a pesar de las normas –a veces sostenidas en contenidos vacuos y elementales- de Louise Fletcher, la enfermera jefe del manicomio. En ocasiones, sería conveniente pensar que lo que parece desajustado a lo cotidiano es, precisamente, lo más cuerdo de realizar, porque hemos de rechazar el miedo a equivocarnos. No deberíamos dejar que los demás elijan y decidan por nosotros, cuando lo más razonable es hacer lo que creamos beneficioso, aunque parezca un salto en el vacío. Quizá volar sobre el nido del cuco, es el único acto digno de libertad y, por consiguiente, pleno de razón.


Esta es la sensación que, me parece, percibo esta semana en la que el Rey ha propuesto a Sánchez como candidato a la Presidencia del Gobierno de España y éste ha aceptado el encargo. Este simple hecho y el revuelo que se ha formado me han llevado al psiquiátrico donde se desarrolla la película citada y voy a intentar atar cabos entre tanto loco como pulula por nuestro particular manicomio. Aunque me parece que todo lo que escribo ya lo ha dicho alguien antes, porque sobre el tema todos opinamos, lo que ya de por sí es una ventaja. Y todos hablamos según nuestros deseos sin ponderar otros aspectos que pudieran llegar a buen puerto la investidura… De todas formas, lo intentaré hacer desde la perspectiva que me inspira el Jack Nicholson de nuestro celuloide. Veamos si acierto.


Me gustaría empezar por 'los desinquietos' –que diría una antiguo alcalde giennense- que, desasosegados y preocupados, andan de aquí para allá pidiendo, pese a sus propias tardanzas, que el Pleno de investidura se celebre “ya” porque sería absurdo dar tiempo al candidato para llegar a consensuar acuerdos de gobierno de coalición o de simple investidura,  cuando lo evidente y conveniente - para ellos, o así lo suponen- es ir a una nuevas elecciones en la que acrecentar su nicho de votos. Pudiera que también les cuadrase el apelativo del “ludópatas”, por su inclinación a los juegos de azar, pero que terminan como casi siempre: en la desilusión. Si nos atenemos al último CIS, no creo que el abanico resultante de los nuevos comicios fuese muy diferente al actual. Pero prefieren el caiga quien caiga. Para ellos, de todas formas, las negociaciones y la investidura son, como tales, fases de esa campaña, de la que cada uno espera salir en las mejores condiciones y con argumentos para la nueva confrontación en las urnas.


Por un lado, tendríamos al trastornado ganador de las elecciones, el famoso “esperanto”, llamado así, no porque sepa muchas idiomas o se entienda en esa lengua universal, sino por que, sin decir más que obviedades y lugares comunes,  espera –sin esperanza- a que se las den hechas, como en aquel trabalenguas infantil en el que “Fernando Séptimo usaba paletó”. Es la conocida estampa del alienado pacíficamente sentado en su mecedora de rejilla, ronroneando “esto va en serio, la corrupción se acabó… nuestra mayoría en el senado lo paralizará todo… o nosotros o nadie… con esos, ni por asomo… voy a chivarme en Bruselas… la estabilidad económica… la razón de estado… lo sensato y razonable… el peligro yihadista… y España se rompe con las malas compañías”, en balanceo estático y eterno, por si toca la flauta por casualidad. Entre coz y coz, el portavoz dando pataditas al perro con su salero grosero, digo conciliador…


Por el otro, en el nido no, pero casi en la cumbre tenemos al auto nominado “Vicepresidente”. Atrás quedan promesas irrealizables, rompedoras, con tufillos iraníes y caribeños, y los nuevos tiempos con aires sin viciar que se vaticinaban, para aterrizar anatemizando a su joven contertulio televisivo, ahora derecha en diferido. Sus colegas (algunos se descuelgan) no saben donde está el descaste, porque, aparte de apresurarse a sentarse en las mejores poltronas ministeriales –por aquello de la confianza- no se sabe a donde encierra los buenos y novísimos modales y la disposición a implantar un gobierno de progreso y tantas volutas de humo prometidas.  Algunos también lo conocen con el sobrenombre de la nueva “Sonrisa del Destino” de la fauna política, por lo que quiere bailar sola. Todo, claro es,  ofrecido con la más genuina representación teatral.


No quiero hablar mucho, ni muy alto, de los dos pirados que cierran el círculo de la terapia de grupo, no vayan a espantarse, ahora que parecen iniciar un vuelo de entendimiento. Pero, déjenme que rompa una lanza por la pareja cervantina. Al uno, conocido por “el perejil” dado su manía de estar en todas las salsas, como alegre muñidor, en su inocente caminar, se le ve demasiado su inclinación hacia el gran ausente. El otro, cuyo mote de “el soñador” le viene como anillo al dedo, después de repartidor de decencias –en lo que, al parecer, no iba tan descaminado- ha resultado ser un crédulo seductor, confiado en sus propias y exiguas fuerzas, rodeado de buenas intenciones y prudencias que… vaya usted a saber, si no era lo que nos faltaba en nuestro ámbito político, tan vacío de búsquedas de lo que nos une.


Salvadas todas las distancias que quieran poner, a lo mejor este  novísimo tandem  de sanchos y quijotes –que hoy inician su andadura- nos hace levantar el vuelo entre tanto loco de atar. Aunque, salgan por la venta como el Jefe indio y Jack.