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Misericordia PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Lunes, 22 de Febrero de 2016 00:02




En el verano de 2011, durante un viaje familiar a Chile para celebrar con mi hermana Francisca su 50 aniversario como Hermanita de los Pobres, hicimos una visita a Isla Negra en donde se encuentra la conocida casa-museo de Pablo Neruda. Allí, sobre una sencilla pared  de piedra llagada se encuentra un mármol gris jaspeado de almagre en el que se lee el siguiente poema del Nóbel chileno: "Todos fueron entrando al barco / mi poesía en su lucha había logrado / encontrarles patria. / Y me sentí orgulloso". Hacía referencia Pablo Neruda a los más de dos mil refugiados republicanos españoles que eligieron Chile como su país de asilo y que, a bordo del barco francés Winnipeg, habían arribado en septiembre de 1939 a su nueva patria.


He recordado aquella actitud de acogida y la comparo con la tragedia que están viviendo los refugiados que intentan encontrar una patria en ¿nuestra? Europa, a la que pertenece esta misma España de la que salieron los refugiados hacia los confines, dónde vuelca sus olas el mar pacífico. Creo que es razón suficiente para dejar para otro día alguna consideración,  a propósito de los escarceos que tienen entretenida a la tramoya política. Porque, aparte de que esto “es un lío” como le ha dicho el presidente en funciones a su amigo Cameron, me estoy oliendo que todo es una pantomima –representación teatral sin emplear palabras- o, simplemente, una farsa destinada al fingimiento. Pronto lo sabremos.


Volvamos, pues, al tema de los refugiados. Y preguntémonos, con todo el asombro del mundo, dónde está el barco al que podría subirse esa multitud de asilados sin asilo, esa forma novísima de periferia existencial que se ha creado en los adentros mismos de nuestra sociedad. A esos que gritan dramáticamente su precariedad y su sufrimiento ¿quién les ayuda a subirse a nuestro indiferente y humillante confort? ¿Quién les canta un poema de acogida?


Esta semana, desde luego, no veo a ningún Neruda estrechar una mano suplicante. Por el contrario, vislumbro, sudoroso y agotado, al líder Cameron (no confundir con Camelot, la fortaleza y reino del legendario Rey Arturo, ubicada en algún lugar de Gran Bretaña) exigiendo concesiones de lo que resta de la llamada Unión Europea para salvar su referéndum sobre el ‘Brexit’. Entre ellas,  las restricciones a las prestaciones sociales de los trabajadores extranjeros, que el RU pretende extender durante al menos siete años.


Menos perspectivas tiene la irresoluble crisis migratoria: pese a la irritación de Merkel –que pretende evitar el colapso de la zona Schengen-  no se esperan soluciones hasta la próxima cumbre, en marzo. Por su parte, Juncker aludió expresamente al mecanismo de reubicación de asilados entre países, del que muchos de los llamados líderes no quieren ni oír hablar. Es lógico un aplazamiento más: parece ser que encontrar un nuevo sistema de asilo europeo no nos incumbe de momento. Nos basta -aunque ello sea ilegal y contrario al derecho europeo e internacional- con intentar buscar un perímetro de seguridad y limitar la libre entrada de refugiados (entre paréntesis: ¿no son los capitales los que circulan sin control?). Lo que importa es frenar el flujo de emigrantes levantando un nuevo muro. Lo mismo que dijo el martes el excéntrico magnate Trump, sobre la conveniencia de levantar un "gran muro" en la frontera con México, al tiempo que prometió expulsar a once millones de mexicanos.


Ante este panorama, lo que Francisco  ha dicho en su vista a México –la de más marcado carácter social de su pontificado- sobre asuntos como la inmigración, puede servir de contrapunto al mensaje de Trump. Y al de todos los que pretenden levantar muros. En el avión de vuelta a Roma, el Pontífice dijo que “una persona que piensa sólo en hacer muros, sea donde sea, y no en hacer puentes, no es cristiano". Es consecuente con el inicio de su reciente Bula: “Jesucristo es el rostro de la misericordia”.


En una sociedad dividida y enfrentada, en una sociedad de pocos y para pocos y ante el dolor que nace de no sentir reconocida la dignidad que todos llevamos dentro, es bueno oir estas afirmaciones, en busca de ese rostro que, aquí y ahora, está en los desarraigados -esos hombres y mujeres, ancianos y niños que nos muestran su soledad en las fronteras mismas de la vergüenza humana-. En esos a los que no sabemos descubrir por nuestra mirada indiferente que humilla, por nuestra habitualidad que anestesia, por nuestro cinismo que destruye. Es preciso abrir los ojos ante la miseria, los oídos ante sus gritos de auxilio y, sobre todo,  el corazón del que broten obras de misericordia, aquellas que de niños nos enseñaron, tanto corporales (dar de comer, de beber, vestir, acoger al forastero…) como espirituales (perdonar, soportar con paciencia, consolar al triste…). Y que, parece ser, no son de este mundo sofisticado y egoísta.


En todo caso, sí que lo es la imagen ganadora del World Press Photo, captada por el fotógrafo australiano Warren Richardson: la emoción y los sentimientos de un padre tratando de recuperar a su hijo en un mundo que cree le pertenece, pero que está en la alambrada  entre Serbia y Hungría. En blanco y negro, 'La esperanza de una nueva vida' es un grito enojado en la noche de frontera,  un grito silencioso entre dos personas anónimas, amparadas en los árboles, a lo largo de la línea de alambres, sin la soberbia de la claridad. Y un  bebé, acunado en la niebla de la noche, en un oasis de misericordia expectante, matizada por el brillo de las púas que tiemblan  a la luz de la luna.


Sería un buen momento –estamos en tiempos de cuaresma- para recuperar la alegría y la esperanza de la misericordia Es el lenguaje que penetra en el corazón de las personas y las mueve a reencontrar el camino del peregrino desatendido: una manera de vivir y testimoniar en primera persona la entrega y la acogida del  indefenso.


Y poder cantar gozosos “guió por el desierto a su pueblo, porque es grande su misericordia”.