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Escrito por Salvador   
Lunes, 14 de Marzo de 2016 00:02

 

 


Señoras y señores, ladies and gentleman, mesdames et messieurs, damen und herren, onorevoli –a ustedes y a todas y todos los que se aventuren a  leer estos comentarios-: me permito distraer su precioso tiempo para decirles, simplemente, que estoy turbado. Sí, lo que se dice perplejo: no comprendo cómo no haya nadie en España que considere como problema el de los refugiados. Esa multitud desamparada que pretende entrar en la –nuestra- Comunidad Europea por las fronteras balcánicas (hoy cerradas) o permanece estancada en esa ciudad fantasma que –yo al menos-  acabamos de descubrir: Idomeni (frontera de Grecia con Macedonia).


Entiendo, por así decir, que la ausencia de Gobierno o el desafío independentista catalán sean considerados entre los principales problemas por sólo el 1´5% de los encuestados por el CIS, según el barómetro del pasado febrero.  Pero, el que ni un solo español (0,0%) sitúe la cuestión de lesa humanidad de los migrantes entre sus 39 principales preocupaciones, la verdad es que no lo entiendo. Mis cortas luces, no dan para más, a lo que estoy viendo. Otra cosa es la clarividencia de nuestro Ministro del Interior, en funciones, que nos alerta: “¡¡¡no vayamos ahora a crear un problema donde antes no lo había!!!”.


Problema, quizá no exista. Pero me van a permitir que, de la forma más aséptica posible, les refresque la memoria sobre la realidad fáctica de la cuestión.


Los movimientos migratorios siempre han existido (desde la mítica hégira o el éxodo, pasando por  las inmemoriales oleadas desde la negritud africana y los flujos recíprocos entre europeos  y sudamericanos, hasta las diásporas posteriores a las guerras mundiales o el llamado éxodo rural) y sus causas son de diversa índole: políticas,  culturales, socio-económicas, familiares, bélicas o producto de otros conflictos y catástrofes generalizadas. En la actualidad, las raíces y efectos se han agudizado y estamos ante una explosión incontenible, sin que se vislumbre ninguna solución. Que, necesariamente, tiene que tener carácter global, o por lo menos, europeo.


En nuestro ámbito, Macedonia cierra su frontera con Grecia y termina de bloquear la ruta balcánica. El lunes, Bruselas propone un acuerdo endureciendo las condiciones de los refugiados y devolver a Turquía todo el flujo que ha llegado a las fronteras de Schengen desde la plataforma griega. Eso sí,  previa una compensación económica, en vergonzosa lonja de vidas humanas. Un pequeño detalle: nuestra respuesta a la situación la da un señor apellidado Tusk –que no sé  porqué nos representa, pero del que dicen es Presidente del Consejo de Europa- que  lanza a los que llaman a nuestras puertas este esperanzador reclamo: “No vengáis… todo es en vano”.


El gobierno español –que está en funciones- va a Bruselas y se adhiere al ominoso acuerdo, al tiempo que el ya citado ministro alerta de los efectos  sobre nuestra frontera como emergente vía de penetración. De inmediato se niega –alegando razones jurídicas sobre su interinidad- a dar explicación al Parlamento, que paradójicamente es el único que está en activo y en plenitud de facultades políticas, entre ellas la de control, que se quiere eludir. Posteriormente, la Vicepresidenta endulza el fin de semana y anuncia que buscará ahora el consenso político con las demás fuerzas en el Congreso. Aunque no da detalles de cómo se afrontará ese proceso, algo es algo.


A todo esto, les hago el favor de omitir la descripción de la cruda realidad que a diario nos muestran los telediarios –aunque me temo que la indeferencia adormece nuestras conciencias- y que nos retrotraen a las cenagosas trincheras de guerras pasadas. Esas caras desencajadas, esos brazos alzados sin asideras posibles, esos ojos cegados por las lagrimas de la desesperación y el abatimiento… no son sino el triste reflejo del barro del miedo que salpica a tanto inepto gobernante, una leve referencia del egoísmo de  nuestra sociedad indiferente, de esa indolencia sólo comparable a la incompetencia y desvergüenza de los dueños del capital cicatero y avaro, que es lo que vislumbramos en el atardecer de nuestro horizonte europeo.


Sólo me resta una reflexión con Félix Grande (perdonen su extensión), al final de su poema  “Mientras desciende el sol”: “La tarde, casi enferma de tan lejana, / se sumerge en la noche / como un cuerpo harto ya de fatiga, en el mar, dulcemente…/  el paisaje parece un tapiz misterioso y sombrío. / Y comprendes, despacio, sin angustia, / que esta tarde no tienes realidad, pues a veces / la vida se coagula y se interrumpe, y nada entonces / puedes hacer contra ello, más que sufrir un sufrimiento, / desorientado y perezoso, una manera de dolor marchito, / y recordar, prolijamente, / algunos muertos que fueron desdichados.”


Pero, en el necesario tono alentador que debe envolvernos, no podemos dejar de  pensar en el deseo inagotable de brindar misericordia que hemos de sentir los que ya hemos recibido la acogida. Como algo que brote de lo más íntimo y profundo, en busca de las necesidades de los sufrientes para intentar remediarlas, sin trabas, sin miedos, sin cicaterías…

Creo firmemente que los refugiados –sin distinciones seudo legales- deberían encontrar un oasis de misericordia en esta Europa, si es que no queremos seguir degradándonos. No merece la pena vivir entre murallas ni recintos separados de alambres y espinos.