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"Sólo Soleares" PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Sábado, 15 de Agosto de 2015 11:14



He leído el último libro de Francisco Javier Prieto Martín, para los amigos Francis, “El Lince” para los apodadores, y me ha parecido un autentico regalo. No en la acepción material de dádiva que se hace voluntariamente o por costumbre, sino en el más receptivo de gusto o complacencia que se recibe. Como algo delicado y exquisito que te sirve de descanso en medio del agobio circundante.


Es esta suavidad, que se adentra –paradójicamente- en el flamenco como expresión de la poesía popular, la característica más emblemática que me llega a los adentros mientras leo “Sólo soleares” de Francis. Aunque no oiga de su voz las letras que va sembrando, ni el rasgueo de sus dedos sobre su guitarra “Carmen”.


Ya tiene sobradamente demostrado Francis Prieto su saber como investigador, divulgador, guitarrista y compositor. La “Havaralera” enraizada en nuestro ser más íntimo, las serranas de su predilección y sus mochos emparentados con los haikus orientales, son muestras evidentes de estar al cabo de la calle en esta combinación métrica propia de la lírica popular andaluza. Es un maestro en la composición de los tres versos de arte menor octosílabos con asonancias extremas. Desde el fandango, donde se localiza el origen de la solea, llega con la fluidez inicial de La Andonda o de José Lorente, a lo más profundo del misterio doliente de la esencia flamenca. Este “palo”, ideal para los guitarristas, hace que no falten en su libro esas muestras de la música flamenca que son las falsetas –abundantes en la discografía antigua-, a las que tan acostumbrado está nuestro artista en su faceta de profesor de guitarra. En parangón con la espontaneidad de los haikus, en los que Francis es diestro, se asemejan a la improvisación en la música de jazz o blues.


He escuchado la entrevista que le hicieron en Radio Casares, en donde con esa natural sandunga que siempre lleva puesta nos decía que, en todo lugar y hora, lo que le rondaba por la cabeza, intentaba transcribirlo al papel. Y, me pienso, que lo que le envuelve es ese misterio del amor y el desamor –sobre todo en sus últimos tiempos- que estalla en sus soleares, más allá de una soledad que no se deja coger y que, pese a ello, se le escapa por los cuatro costados de su musicalidad flamenca.


Me encanta ese decir, como ausente, profundo y espontáneo al mismo tiempo, que se traduce en un  juego -sentimiento melancólico- de palabras hasta llegar a través de los más diversos temas –no sólo de amor y desamor- propios de la soleá, a desembocar en la soledad y el desengaño. Y, como colofón, en la muerte.



Desde el primer bordoneo de su imaginaria guitarra, nos avisa de que “la soleá es un lamento”. Y no esquiva la pena (“Dejadme sólo con ella”), ni busca excusas para sus males (porque “nunca lloré de alegría”) y, menos, se deja embaucar (“tus besos son un engaño… lo sé porque me hacen daño”). A Francis le basta con una “letra bien cantá” para llegar al éxtasis del amorío, llenar la fuente de hojas muertas, repudiar a los “amigos de mentira” o “morirme lentamente”…En definitiva, llega al lamento extremo –“¿las penitas que yo tengo… quien me las va a mi a quitar?”- , pero siempre le queda un hálito agridulce de esperanza y vigor para despedirnos:


Con los años he aprendío
que nos tenemos que morir,
y ahora que ya están cumplíos
más ganas tengo de vivir



Estas estrofas, cada una con su propia historia, también me han servido para ensanchar mi escaso bagaje de conocimientossobre el flamenco que él, incluso, me puso de relieve en su cariñosa dedicatoria: “A mi buen amigo, que a la hora de aprender no le importa el ‘palo’”.


Habrá que profundizar en los mismos límites de la literatura popular de nuestra Andalucía, que enamoró incluso a Manuel Machado que nos ofreció sentidas soleares en su libro “Cante hondo”.


La soleá es considerada como uno de los "cantes grandes" del género flamenco.
Y Francis Prieto, “El Lince”, es uno de los grandes en el arte de la soleá.