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De nuevo sobre Carmen: la flor de casia PDF Imprimir E-mail
Escrito por administrador   
Martes, 19 de Julio de 2005 18:19

Nos introduce Merimée en su novela, describiendo poéticamente su primer encuentro con Carmen, en Córdoba,  a la orilla del Guadalquivir : "Una noche, a la hora en que no se distingue nada, estaba yo fumando, de codos en el parapeto del malecón, cuando una mujer que subía la escalera que conduce al río, vino a  sentarse cerca de mi. Llevaba en el pecho un ramo de jazmines, cuyos pétalos exhalan de noche un perfume embriagador." Y continúa con los detalles: vestida de negro, menudita, joven, bien formada y con unos ojos enormes...

Es la visión desapasionada, distante, y hasta fría, con que Merimée suele escribir.

Pero me interesa subrayar que, no sólo en el original francés (bouquet de jasmin), sino que en todas las traducciones que he manejado, ya sea al español , al inglés (a big spray of jasmine), holandés (grote tros jasmijn), catalán (un ram de gessamins al cabell) o eusquera (Ilean Jazmin erramilete handi bat zeraman, arratsean bere petaloen usain zorabiatzekoa ixurtzen duten horietakoa", nos dice la traducción en euskera de Maria Gairikanot) , aparece siempre la misma flor: el jazmín.

El vocablo viene del árabe hispano yas[a]mín , como no podía ser de otra forma dada la procedencia del fruto, puesto que el jazmín es originario de Persia y su flor se cultiva en los jardines por el excelente olor de sus flores, que utiliza la perfumería. Sus flores son pedunculadas, blancas, olorosas, de cinco pétalos soldados por la parte inferior a manera de embudo, y fruto en baya negra y esférica.

Existe , aparte de la modalidad de la India, conocida como gardenia, el jazmín árabe que es una trepadora nativa de la India con flores blancas y la especie del jazmin real o de España, que se cría principalmente en Cataluña, Valencia y Murcia y cuyas flores colorean algo por fuera y son blancas por dentro, y mayores, más hermosas y mucho más olorosas que las del jazmín común.

Con todo, este color, el blanco, no me cuadra con nuestra protagonista.

Sin embargo, cuando nos describe a Carmen, desde la perspectiva del antagonista, uno de los aditamentos con que Merimée adorna a Carmen, para resaltar su sensualidad provocadora, es la flor que mordisquea entre sus dientes, mientras contonea las caderas, flor que también se asoma entre sus senos vibrantes; en ambos casos, como focos atrayentes y seductores.

Tanto es así, que José nos confiesa que ese fue el momento determinante de su loca atracción por la andaluza que le llevaría al paroxismo y a la perdición final:

Et prenant la fleur de cassie qu'elle avait a la bouche, elle me la lança, d'un mouvement du pouce, juste entre les deux yeux. Monsieur, cela me fit l'effet d'une balle qui m'arrivait... je vis la fleur de cassia qui était tombée á terre entre mes pieds; je ne sais ce qui me prit, mais ye la remassai sans  qui mes camarades s´en aperçussent et je la mis précieusement dans ma veste. Premier sottise!

Bien es verdad que, previamente, Carmen había mostrado ante los ojos de D. José todo el repertorio de seducción con que estaba adornada. Falda roja muy corta, medias de seda blanca con agujeros que dejaban entrever las piernas, los hombros descubiertos, el balanceo de sus caderas como si fuera una potranca de la remonta de Córdoba, puño en la cadera, su descaro de gitana y actitud sinuosa de una gata.

Una estratega de la seducción.

 

Pero, la que de verdad gana la batalla es la flor que sobresale de sus atributos más atrayentes: la boca entreabierta, cuyos sensuales labios juguetean con ella, y la camisa mal abrochada sobre sus pechos que acogían un gran ramo de esas flores. La primera es lanzada, como una bala, a la frente del militar, recorre su cuerpo y cae a sus pies. No se lo que me pasó, confiesa Don José, pero la cogió sigilosamente y la guardó cuidadosamente en su guerrera, junto al corazón: la primera tontería. Pero quedó prendado.

Todo el simbolismo sensual que despliega Merimée para describir a Carmen, está conjugado con los colores de los objetos: el rojo de las faldas y zapatos, en contraste con el blanco de las medias, las cintas de color de fuego... y el amarillo de la flor de casia.

 

Flor de casia

 

López Jiménez y López Estévez, en su completísima introducción a la Edición de Carmen, en la editorial Cátedra, así como en sus notas a pie de página, ponen de relieve estas circunstancia, indicándonos que la flor de casia es una flor polígama, de malhadado color amarillo, lo que Merimée no ignoraría por que era gran aficionado a la floricultura, como tampoco desconocería que es flor poco corriente en España.

Y es aquí, donde quiero terciar, para ver si es posible fijar una postura concreta sobre la flor de Carmen, porque, aunque en la ediciones francesas siempre viene designada como "fleur de cassia", "gros bouquet de cassie", las traducciones a otros idiomas dan distintas versiones, lo que siembra la confusión sobre la especie floral que nos ocupa. Veámoslo. 

 

Por la similitud fonética, el sustantivo acacia es utilizado con frecuencia.

Ya, incluso en versión francesa se habla de flor de acacia. Por ejemplo, en la edición de Gallimard, de Adrien Goetz , se escribe “un gros bouquet de cassie que sortait de sa chamise….una fleur de cassie dans le coin de la bouche… la fleur de cassie…la fleur de cassie”.

Pero en una nota aclaratoria se nos dice que Cassie es "Nom populaire de l’acacia farnesiana, aux fleur jaunes et très perfumée. Parmi les menus cadeaux qu’echangent, en 1842-1843, Merimée et Jenny Dacquin, et dont témoigne le correspondance, figurent des bouquets de cassie de Grase, « la fleur que tu m’avais jetée », dans l’opéra de Bizet".

Así, pues, lo que interesa resaltar, sea cual sea la denominación, es que se trata de flores amarillas y muy olorosas… , « la flor que me habías dejado », en la opera de Bizet.

En la edición inglesa de Oxford University, traducción de Nicholas Jotcham, se lee “a big bunch of acacia flowers…another acacia bloom… the acacia flower"

La edición de los Libros de Plon, prologo de Roberto Santos, habla de “ramo de flores de acacia…. flor de acacia en los labios… que llevaba en la boca….entre mis pies”

La misma expresión, en la traducción para la Colección Narrativa de Ediciones Rionegro.

En la traducción de Melchor Font,  Librería Catalonia, “un bon ram d’acácia… altra flor d’acácia… la flor d’acacia...”

En la versión novelada que incluyen Carlos Saura y Antonio Gades en su "Carmen, el sueño del amor absoluto", también figura el término acacia.

Así, pues, hay una utilización muy generalizada de acacia (del latín acacia y éste del griego  ἀκακία). árbol o arbusto , a veces con espinas, de madera bastante dura (hasta tal punto que el Señor indicó a Moisés que el altar de los perfumes "lo harás de madera de acacia", Éxodo,30,1), hojas compuestas o divididas en hojuelas, flores, también amarillas,  olorosas en racimos laxos y colgantes. De varias de sus especies fluye espontáneamente la goma arábiga; en medicina, se utiliza una sustancia medicinal astringente que se extrae del fruto verde de la acacia de Egipto o del de la bastarda, también conocida por endrino; la conocida como acacia blanca o falsa es espinosa con hojuelas aovadas y se planta en los paseos de Europa.

Estamos, pues, entre la sequedad intensa y el amargor, como, especialmente, ciertas sales metálicas o astringentes. Como Carmen mismo, prototipo del amor prohibido como la acacia, incluso de la dureza de corazón.

 

Tres versiones de las que he manejado, confunden la acacia con la mimosa. Así:

La de Austral nos dice “un ramo de acacia ... quitándose de la boca la flor de acacia... cuando al fin entré en la fábrica vi la flor de mimosa caída en el suelo”

En Ediciones Alonso,  de Biblioteca de Obras Famosas, número 4, se habla indistintamente, en la ultima expresión, de mimosa: “un ramo de acacia que le salía del pecho. Aún llevaba otra flor de acacia en la comisura de los labios… la flor de acacia… me la tiró…y vi la flor de mimosa caída en el suelo”.  

Igual duplicidad  (acacia-mimosa) se encuentra en la edición de la colección de Grandes Novelas de la Literatura Universal, Ediciones Éxito. 

La mimosa es un género de las plantas exóticas, que comprende muchas especies, algunas de ellas notables por los movimientos de contracción que experimentan sus hojas cuando se las toca o agita.

También ello es propio de nuestra Carmen que, a veces, no soporta el contacto posesivo, se contrae hacia sí mismo y huye, libre de ataduras, en busca de la libertad.

 

La versión de Gredos, traducción de  Maria Badiola Dorronsoro, introduce una nueva traducción para la flor que nos ocupa. Cuando el viernes (día fatal, día de Venus) describe a Carmen, dice que llevaba “un gran ramo de canela que le salía de la camisa. También llevaba una flor de canela en la comisura de los labios”. Y cuando narra el flechazo D. José, nos dice “cogiendo la flor de canela… me la tiró…. justo entre los ojos… cuando ella entró en el taller, vi la flor de la canela, que había caído al suelo, entre mis pies”.

El canelo  es un árbol originario de Ceilán, con flores terminales blancas y de olor agradable y por fruto drupas ovales de color pardo azulado. La segunda corteza de sus ramas es la canela. También existe una modalidad, con hojas oblongas y persistentes, y las flores, pequeñas con los pétalos blancos y el cáliz rojo.

Los autores  nos hablan de otra planta de la misma familia,  la casia, que sería, para entendernos, la canela china, ya registrada en un herbario de ese país datado el año 2700 a.C. Esta es la que menciona la Biblia, cuando Yahveh da a Moisés la 'fórmula' del óleo para la unción sagrada (Exodo, 30, 23-25): "seis kilos de mirra pura, tres de cinamomo aromático y otros tres de caña aromática, seis kilos de casia, y cuatro litros y medio de aceite de oliva".

Originaria de Ceilán, la canela procede de un arbolillo de hojas perennes, parecido a nuestro laurel. Se cultiva en la mayor parte de las regiones tropicales, cálidas y húmedas.  La especia es la corteza, pelada, de las ramas finas.

La canela es una constante en los recetarios medievales, tan amantes de las especias. Es uno de los ingredientes de dos salsas muy empleadas entonces: la 'verte sauce', cuya receta figura en el 'Forme of Cury', recetario de Corte de Ricardo II de Inglaterra, en el siglo XIV, y la 'camelina', cuya receta dan Taillevent y el Maestro Martino y que constaba de almendras peladas, miga de pan, uvas pasas, canela, clavos de especia y agraz, o jugo de uvas verdes.

Hoy se usa, sobre todo, en dulcería, aunque hay cocinas, como la marroquí, con sus 'tajines' y 'pastillas' en las que es un elemento habitual; también la cocina europea la ha usado, y la usa, para dar un punto de aroma a platos de caza, especialmente de caza mayor. Otro uso clásico de la canela es el que tiene como aromatizante de la cerveza inglesa, de los vinos 'quemados'... pero hoy por hoy su empleo principal está en los postres.

En todo caso, su aroma y su dulzura ha hecho correr ríos de tinta e inspirado a los cantantes mas exquisitos: "jazmines en el pelo y rosas en la cara, airosa caminaba la flor de la canela", evocaba el vals de Chabuca Granda que bordaba María Dolores.

Podría, en ocasiones, evocarnos a nuestra Carmen.

 

Flores amarillas de Gaucín

 

Pero volvamos a nuestro tema y recordemos otras expresiones recogidas en las ediciones de "Carmen", aunque en algunas, como en la de Obiols, 1904, sólo se habla (en dos ocasiones) de la flor sin decir su especie.

En Ediciones Marte, ilustración de Serafín, en la descripción que hace de la aparición de Carmen, se dice ”Se pelaba con una pelota de moño en la nuca y no sé que me parecía más negro, su pelo aceitoso, con el estrambote de los claveles, las sartenes de sus grandes pupilas o los arcos romanos de sus cejas… me quedé encogido y ella aprovechó aquel momento para tirarme  una rosa que llevaba en el pelo y que me dio en el entrecejo…”

Como se ve, la traducción y adaptación libre de esta primorosa edición ilustrada, nos permite imaginarnos a nuestra protagonista con claveles y rosas en el pelo. Solo faltan los jazmines.

 

Amarillos de Gaucín

Por fin, fijémonos en el vocablo más utilizado para la flor que nos ocupa y, creo que más acorde con la escena que se describe y con la personalidad de su portadora.

En la versión francesa Deux Rives, se indica “un gros bouquet de cassie qui sortait de sa chamise….una fleur de cassie dans le coin de la bouche… la fleur de cassie…la fleur de cassie”.

No tiene nota a pie de página como la versión de Gallimard

En la edición para la Biblioteca El Sol, Traducción de Luis López Jiménez y Luis Eduardo López Esteve, se cita como “un gran ramo de casia que sobresalía de la camisa…una flor de casia en la comisura de la boca…la flor de casia…la flor de casia se había caído entre mis pies”

En Biblioteca Edad, prólogo, traducción y nota de Mauro Armiño,  habla de “un gran ramo de casia …flor de casia…”. Y pone una Nota: Casia: Flor amarilla muy fragante, poco frecuente en España.

La traducción en eusquera, de Maria Gairikanot, Ediciones Pamiela, también se decanta por el vocablo casia: "kasia erramilete...beste kasia lore bat zereman  ezpain ertzean..."

En el libreto original de la Opera de Bizet, y en su traducción catalana. estudio y comentarios musicales, de Roger Alier, Edición Empúries/Música, se nos dice "arriba Carmen, portant el vestit y fent l`entrada indicada per Merimée. Porta un ram de càsiies en el cos del seu vestit i una flor de càsia entre els llavis").

Igual sucede con los libretos de la Opera, normalmente traducidos del francés, donde la flor de casia es una constante.

Para la RAE, casia (del latín casĭa, y, éste, del griego  κασία) es un arbusto de la India, de la familia de las Papilionáceas -como vemos, todas pertenecen a una familia distinta-, de unos cuatro metros de altura, con ramas espinosas, hojas compuestas y puntiagudas, flores amarillas y olorosas, y semillas negras y duras. En hebreo, casia significa "provista de yelmo". Entre las malezas o malas hierbas que actúan de limitantes al crecimiento de las leguminosas, se encuentra la brusca o casia occidental. Algunos hablan de las hojas de casia o grosella negra, como diuréticas, antirreumáticas y astringentes.

Como queda dicho, actualmente la canela que se vende en Europa es procedente de Ceilán, mientras que la mayor parte que se consume en América del Norte es en realidad la casia, sucedáneo de la canela que viene de China y de Birmania. Se ha descrito como una especia más basta que la canela y más barata, aunque tiene un sabor dulce y fuerte. Las hojas tienen también un sabor interesante así como los capullos, que se parecen un poco al clavo. La casia es más antigua que la canela (2500 años antes de Cristo). Las cañas de Casia son más grandes y ásperas que las de la canela.
 

De ahí, creo que viene la confusión entre canela y casia. Norberto E. Petrik, en "Especies Afrodisíacas", distingue entre Canela de Ceilán, canela de la China (Laurus cassia) y Flor de Casia (se utiliza seca). Y desde la antigüedad, es utilizada como afrodisíaco ya sea como condimento o en forma de aceite para masajes. Es efectivo sobre todo en las mujeres como estimulantes sexual. Es afrodisíaca, antiséptica, astringente y estimulante.
 

Bartolomè dei Sacchi (1421 – 1481) más conocido por Platina, historiador italiano, autor de un opúsculo en el cual examina manjares que proporcionan honesta voluptuosidad, la señala como propicia para la decorosa complacencia en los deleites sensuales, elogiando una salsa hecha con canela la que, además de dar apetito de comer, conforta el cerebro y hace buen aliento.

Es, pues, apropiada para nuestra heroína, sensual, voluptuosa, excitante, afrodisíaca como ella sola.

 Amarillos "zorreros"

 

Siete flores para nuestra protagonista. Jazmín, Acacia, Mimosa, Canela, Rosa, Clavel y Casia.

Lo que es propio del ambiente andaluz en que se enmarca Carmen y las esencias musulmanas de sus jardines y flores, con sus colores seductores por encima de las frondas mas umbrías. Legado islámico que había de notarse en las tierras de paso y frontera como las de la serranía rondeña, donde la tradición de los jardines y flores del Palacio de al-Rusafa o de la Medinat al-Zahra no es ajena a nuestras costumbres, lo que percibiría Merinmée y, de alguna forma, lo describiría en su novela, donde lo único extraño es que fuera la denominación de casia, no habitual en estos parajes, la escogida.

Cuando hubiera sido mas lógico  la flor del almendro, el lirio, la adelfa, la amapola, las margaritas o, si prefería el color,  la flor amarilla de los jérguenes.