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Hablar, oír, escuchar PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Domingo, 09 de Agosto de 2015 23:05

 

Me gusta hablar, como a todos los mayores, -a mí, quizá más comedidamente por mi innata timidez -  y por eso venía con optimismo moderado a encontrarme con mis gentes, las que otean el horizonte mediterráneo o atlántico coronado por los atlas africanos. Para hablar o, mejor, para oir lo que me quisieran contar otras personas, fuesen hombres o mujeres. O el lucero del alba. O, todavía mejor, para escuchar, atender las sugerencias de los que me rodean, dar oídos aunque sólo fuese al rumor –que parece cansino y no lo es- de las olas rompiendo a mis pies.


Yo venía tan contento a encontrarme con el mar. Y, miren ustedes por donde, me topo con el telediario mitinero al que se adosa el informativo regional de Andalucía, que me temo no es un dechado de ecuanimidad. Pese a ser un simple vocero del gobierno central, no sé lo que es peor: si el descaro con que a diario nos cuelan la propaganda anti oposición o la desfachatez con que cuenta las mentiras de sus logros y las excelencias de lo por venir. Forges, ponía en boca de un embelesado militante: “pero eso es una chorrada”, a lo que el jefe contestaba impertérrito: “¿y que más da, no has visto nuestra intención de voto?”


Pero, insisto en mi propósito veraniego: de un cogotazo me quito de encima el abejorro de la zafiedad e intento, en la misma acera del Peñón de Gibraltar, respirar el aire salado y vaporoso de su mar. Ese soplo de verso sigiloso que busca con desespero al escritor que le dé la posibilidad de llorar y sonreír a la vida. Aunque sólo fuera para encontrar la palabra adecuada. Por ello, ensayo momentos de tranquilidad. Y, a veces, lo consigo. Algunas olas se acercan con la noche a mis estremeceres y se hacen luz del amanecer mientras besan mis íntimas arenas. Pese a que, a lo lejos, de tarde en tarde –durante el luminoso día o en la oscuridad de la noche- se acerca la muerte a caballo de un pesquero de tres al cuarto para llevarse a la grupa los dolores de viudas con sus tormentos. Entonces, los cabellos del viento se me van enredando por las montañas lunares y, sin solución de continuidad, el sol se enfurece a eso del mediodía, mientras mis lágrimas sazonan lo más insípido de mi gastada existencia.


Al hilo de esto, recuerdo que mi sobrina Beatriz compartía en la red una foto de una abuela haciéndose una trenza para atrapar el dolor en la madeja y dejarlo escapar cuando el viento llegara, al tiempo que musitaba: “hay que tener cuidado de que la tristeza no se meta en los ojos pues los haría llorar, tampoco es bueno dejarla entrar en nuestros labios pues los obligaría a decir cosas inciertas. Cuando te sientas triste niña, trénzate el cabello, siempre trenza tu tristeza…” Y eso intento yo: sobre mi cabeza, en los aires suspendidos,  las gaviotas se pelean entre sí, con chillidos que les salen de sus tristezas más íntimas. Sin embargo, lo que llega a mis oídos son cantos de alegres evocaciones marinas, azules como la esperanza del alba. Son algo así como gotas de lluvia sosegada en verdades, que te besan con labios de niñez coronada de madrugada.


Y, en el entretanto, llega la palabra. La que dices y la que escuchas, desesperadas o sonrientes. Las que producen cicatrices o las que sanan las heridas. Como las olas mismas –por primera vez las reconocen mis pies este verano- que llegan a mis orillas, irrumpiendo suaves o fuertes, como el sudor de cada día. Olas que –según la fe que almacenes y pongas en valor-  te acarician amorosas o te derrumban como castillo de arena, imperturbables, como si el asunto no fuera con ellas, tal como si acabaran de bajarse silenciosas del autobús en el atardecer de la esquina.


En todo caso, merece la pena aprovechar lo ocasión para hablar. Mejor, para oír. Mejor aún: para intentar escuchar. Lo que no me permitiría sería levantar nuevos muros, ni tan siquiera de arena. Porque no me dejarían escuchar la palabra del que está al otro lado. Porque, a lo sumo, debería construirlos  insonorizados: para no oir los sollozos del África cercana.