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Escrito por Salvador   
Lunes, 14 de Septiembre de 2015 13:31



Vuelvo del descanso veraniego y me encuentro la gran eclosión de la migración global: la del hambre y la de la guerra interminable. Noticias sobre trágicas oleadas de refugiados inundan los medios de comunicación y, parece ser, los gobiernos se han sensibilizado con la defensa de lo que ahora denominan el “acervo europeo” de la justicia social.


No quiero perder mi tiempo en ver regatear a nuestro Gobierno –y a la Europa de los valores de la Ilustración: a la rica del Norte y, también, a la del Este rescatada- calculando el número de los desamparados que pueden acoger. Es curioso observar cómo los derechos sólo los ostentan los nuestros, mientras que todo es leña para los que están del otro lado de esa paranoia que llamamos frontera. Las nuestras hay que defenderlas oponiendo argumentos tan sensatos como alertar de la entrada de multitud de yihadistas entre los asilados o prever que la cifra de éstos dependerá de factores tan recurrentes como el PIB o la tasa de paro, aparte de airear el miedo al “efecto llamada”.


Pero, evidentemente, Schengen corre peligro: en mi opinión, la libre circulación de personas ha pasado a mejor vida y cada país integrante de esa Unión Europea –que se va a quedar en unión monetaria-  quiere defender una política de asilo ad hoc. En abril pasado, la clave estaba en la distribución de 5.000 refugiados y ya vamos por los 160.000, más los que están por llegar si esto no se soluciona en la raíz. El problema no está en crear “puntos calientes” en el sur de Europa y garantizar la “fiabilidad” de los que entran. Ni entender que, a nivel interno, es irresoluble porque, como ha puesto de relieve Michael Möller, jefe de la Oficina de la ONU en Ginebra,  “Europa posee los mecanismos y el dinero necesarios para afrontar esta crisis”. De una vez por todas, es necesario tomar en serio que el problema es mundial, pero –ha insistido Möller-  “la solidaridad internacional no está a la altura”. Está muy bien que los europeos estén dispuestos a acoger refugiados, “pero estaría todavía mejor que esa pobre gente no tuviera que atravesar medio mundo para llegar allí”. Esta es, posiblemente, una crisis humanitaria. Ello exige una política única -a nivel mundial-  sobre las causas de estas nuevas migraciones. Y de mayor alcance que las actuales e insuficientes políticas de ayudas al desarrollo. Posiblemente se solucionarían más problemas que con el uso de las alambradas o muros  y las devoluciones en caliente.


De momento, me atrevería a plantearme algunas interrogantes ante el aquelarre que nos muestran las televisiones y que me recuerdan aquellas escenas que hace poco nos ofrecían en las horas punta, con niños famélicos y plagados de moscas.


Me pregunto como es posible que la cuna de la civilización –que se dice cristiana e ilustrada- escatime las cuotas de reparto, enzarzada en una ridícula guerra de cifras. Por lo visto, hemos olvidado el expolio que hicimos en Oriente y en el África negra, repartida en múltiples pactos, entre ingleses, belgas, franceses o  españoles.

No es posible borrar de la memoria las escenas de españoles derrotados atravesando la frontera con Francia en 1939 para ser acogidos como refugiados políticos en diversos países de Europa y América. Pienso si hubo algún reportero que les pusiera zancadillas mientras portaban sobre los hombros sus míseros ajuares.


Indago si hay alguna semejanza entre los artilugios que adornan nuestras fronteras de Ceuta y Melilla y el ominoso muro junto a la frontera serbia  que Hungría pondrá en vigor mañana. Es reconfortante, en todo caso, que los guardias arrojen sobre las cabezas de los sirios bocadillos y paquetitos de frutas, como me ha parecido ver en la televisión. Lo que no he podido oír, entre tanto lamento hambriento, es el “pío, pío” de los guardias para llamarlos a comer. Por lo demás, no me digan que no es una bonita estampa ver a los presos húngaros desfilar uniformados al aire libre, para terminar de construir el donoso muro. Y lo van a construir gratuitamente: un alivio económico más.


No quiero molestarles más. Sólo recordarles que, el domingo pasado en la Plaza de San Pedro, el Papa nos recordó que la Misericordia es el segundo nombre del Amor. Y que,  “frente a la tragedia de decenas de miles de prófugos que huyen de la guerra y del hambre”, el Evangelio llama a atender a los más pequeños y abandonados. “Hay que darles una esperanza concreta. No solo decirles: ¡Ánimo, paciencia…!. La esperanza es combativa, con la tenacidad de quien se dirige a una meta segura”. Cabalmente propuso que “cada parroquia, cada comunidad religiosa, cada monasterio, cada santuario de Europa acoja a una familia comenzando por mi diócesis de Roma”.


Es lamentable saber que las parroquias de la católica Polonia no podrán albergar  familia alguna. Pero espero con alegría que, si la mayoría de las 22.859 parroquias españolas acoge a una familia, nuestro Gobierno –que ha aceptado 14.900 refugiados en el reparto de la UE-  tendrá que aumentar la cuota de emigrantes a recibir. Me pregunto si mi parroquia –siguiendo el llamamiento de Francisco- va a acoger a una de las miles de familias que estos días huyen de la guerra y de la hambruna.


E intento averiguar lo que yo –concretamente, yo- me implicaré para ser merecedor de la llamada final: “ven…porque fui forastero y me recibiste”.  O si les diré “Dios os ampare”, mientras aportaré unas monedas, en alguna de las múltiples colectas que de seguro se abrirán. Una de las tantas formas fáciles de “esconderme de mi semejante” (Isaías 58:7) o de olvidarme de lo que hacía el indigente Job (31:32): “El forastero no pasa la noche afuera, porque al viajero he abierto mis puertas”.