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De los principios PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Lunes, 26 de Octubre de 2015 00:02


Cuando subo al autobús y, como esta mañana, veo ocupados por jóvenes pimpantes (¿o son estudiantes universitarios?)  los asientos, esos que tienen bien visibles –por lo demás, inútilmente-  el letrerito del ciego con su bastón, me entra un repeluco emocional que rápidamente se aquieta con el discernimiento. Y es que me acuerdo de aquellos revolucionarios franceses y comprendo el sentido que las nuevas generaciones de inconformistas dan a los principios de la igualdad que impide primar la vejez o la invalidez, la  libertad de escoger cada uno la butaca que le apetezca y la fraternidad, que para algo nos dijeron desde el nacional catolicismo que la caridad empieza por uno mismo. En esta apreciación coincidía con los supuestos límites de la libertad, que me había recordado mi viejo amigo Ángel, con el que acababa de encontrarme después de algunos años. Viejo amigo, no en el sentido cronológico, pues está recién jubilado, sino en el de persona con la que se ha compartido una sociedad en la que todavía tenían sentido los valores morales, éticos, sociales –incluso los políticos- que nos permiten orientar, y elegir, nuestro comportamiento como personas que viven en comunidad y relacionadas entre sí.


Traslado esta pauta de conducta a lo que está sucediendo en esta, nuestra vieja Europa, y ya el sentimiento es de auténtico escalofrío. La actitud de indeferencia ante el trágico rechazo de los refugiados, no es más que el reflejo, a gran escala, de quien, por principio, no cede su asiento a ningún extraño o desconocido.


¿Qué nos va a quedar de Europa si las fronteras –con sus vallas y sus muros- se restablecen? Una sociedad en soledad, calco de tantas personas que viven el drama de nuestro tiempo. La cruda realidad son esas columnas interminables de hombres y mujeres, ancianos y niños, andando desorientados sobre el lodazal al borde de las renacidas fronteras checas, rumanas, croatas… ¿Dónde está el “hospital de campaña que busca y cura con el aceite de la acogida y la misericordia, con las puertas abiertas a quien llama pidiendo ayuda y apoyo”?


El aquelarre de esta humanidad herida, se nos viene encima de forma dramática. Estamos contemplando sin inmutarnos la llamada Jungla de Calais, refugio de  una parte de los exiliados sirios, eritreos, sudaneses, afganos o iraquíes –entre otros-  que logran entrar en la UE huyendo de la guerra y la desolación. Una multitud hacinada sin los mínimos servicios sanitarios, con una comida escasa y una sarna devastadora, que ha merecido un memorando de ochocientos intelectuales franceses que se preguntan “¿Hasta cuándo seguiremos callados?”.


Por su parte, el populismo de extrema derecha se abre paso, paradójicamente, en las sociedades más prósperas, como en Suiza, donde se acaba de votar mayoritariamente a un partido xenófobo, que hizo del rechazo a la emigración su argumento de campaña. En el entretanto, en Dresde se enfrentaron duramente, en medio de un gran aparato policial, el movimiento islamófobo Pegida -jaleado por fuerzas similares británicas, checas y de la Liga Norte italiana- con los partidarios del asilo que reclamaban “corazón en lugar  de odio”. A la par que la Liga de la Defensa Inglesa alerta  de que las “invasiones musulmanas” actuales suponen un reto para la civilización europea a la altura de las cruzadas, por lo que hay que aplicar sin contemplaciones “deportaciones masivas”. No sé a donde mirar cuando veo las novísimas decisiones sobre el cierre de fronteras de la autoridades de Croacia, Eslovenia y el este europeo (insolidarios, aunque deudores de la solidaridad comunitaria)

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En este horizonte, se nos presenta el Congresos del PP europeo -los partidos de la estabilidad y la confianza, arropando el reinicio de la permanente campaña electoral de Rajoy- con dos estrellas invitadas de primera magnitud: Orbán y Berlusconi. Éste ya anunciaba en 2010 la equivalencia entre extracomunitarios y la criminalidad y recientemente cargó contra Renzi por 'ofertar' vacaciones a inmigrantes a 35 €, que es lo que el Estado gasta al día en los ilegales que llegan al país. Por su parte, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, asegura que Europa debe defender sus fronteras -"si no, vendrán decenas de millones"- y fija el cínico criterio de que el objetivo con los refugiados debe ser devolverlos a sus países para que tengan allí una vida digna. En su alocución -¡muy aplaudida por todos los  delegados presentes de las formaciones del PPE reunidas en Madrid!- se escandalizó de que  la "agenda clara y propia" de la izquierda que apoya a la inmigración, sólo busca votos bajo el manto humanitario.


Este rechazo expreso,  es más que la simple indolencia de los estudiantes del bus, pero tiene sus raíces en la misma falta de principios: estamos en la cultura del descarte. La que es muñida por este sistema mundial económico en el que el  hombre no ocupa la centralidad. Por lo que se ve, mientras no nos invada esa troupe de trigo no tan limpio, sino ennegrecido por el sufrimiento y por el acoso, podemos estar tranquilos…


Pero, no creo que deba ser tan pesimista. Hay que replantearse la escala de valores. No es posible quedar indiferente, hay que salir a la periferia por si alguien espera al borde del camino... Es preciso mirar de frente los rostros de esa gente itinerante y ser capaz de sentir que soy interpelado por las grietas que los surcan. Buscar sus ojos, oir sus lamentos y  acompañarlos. Tal vez sólo me quede gritar de rabia, pero es preciso que les llegue un aliento de alegría y esperanza.