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Misericordia PDF Imprimir E-mail
Escrito por Salvador   
Lunes, 21 de Diciembre de 2015 13:32

MISERICORDIA

 


Al entrar el viernes en el centro deportivo para mi reconfortante experiencia matinal –mitad ciclo indoor, mitad natación terapéutica-  me topé de frente con el  cartel electoral en el que aparece el candidato, sentado,  estático, con un esbozo de sonrisa paternal, la mirada al infinito y prometiéndonos “vamos a seguir subiendo las pensiones”. Con este antecedente propagandístico –y su constatación por  tantos pensionistas como yo, sabedores en propias carnes del exacto efecto  de las subidas-  no me causa extrañeza, hoy lunes,  el resultado de la elecciones. Máxime, cuando al salir del centro, un chico me ofreció una octavilla, con los anagramas de maristas y cáritas, que decía “Campaña de navidad. Recogida de alimentos.  Necesitamos: leche, aceite, cacao, conservas y azúcar”. Por ello y haciendo honor a mi renuente estado de ánimo, insisto en bucear en los recuerdos y, ante los tiempos de incertidumbres, en verdad  azarosos que  nos esperan, me permitirán hacer un aparte y refugiarme en el misterio de la misericordia, fuente de alegría, serenidad y paz.


Ya vamos quedando pocos, pero todavía algunos recordamos el catecismo de nuestra niñez, “el Astete” como era popularmente conocido  y que se había escrito en el siglo XVI, aquel  que nos acostumbró  a hacer tres cruces –en la frente, para librarnos de malos pensamientos; en la boca para evitar las malas palabra; y en el pecho para huir de las malas obras y deseos- y que nos enseñó que, para combatir a los enemigos del alma  de que nos hablaba la epístola a los Gálatas (mundo, demonio y carne), había que esgrimir armas de alegría, paz, magnanimidad, afabilidad, bondad o confianza. Y, como eficaces remedios, practicar las obras de misericordia, las  que nos exigen atender al hambriento, al sediento, al enfermo, al desnudo, al preso y al forastero, amen, como es lógico, de enterrar a los muertos. Y, en el ámbito del espíritu,  enseñar al que no sabe, corregir los errores  y dar buen consejo al que lo ha de menester, aparte de una accion positiva que es tanto como perdonar las injurias o sufrir con paciencia las adversidades y flaquezas de nuestro prójimo. No quiero seguir con estas evocaciones que, para nuestra desventura, sonarán a música celestial  y, hoy, algunos asemejarán a esa especie de relajación musical para la sanación y meditación que persiguen  tradicionales disciplinas, como el relax, el yoga o el reiki...


Pero, la verdad es que no es conveniente desviar la atención de acontecimientos  tan importantes como el  histórico acuerdo de París sobre el clima para reducir las emisiones de gas efecto invernadero y rebajar la temperatura del planeta, lo que "requiere un esfuerzo coral" en el futuro como ha puntualizado Francisco. O, sin ir más lejos, el acuerdo – malaya la hora- europeo para crear una nueva policía de fronteras capaz de intervenir en caso de urgencia, plan con el que  Bruselas intenta resolver lo irresoluble, la crisis de refugiados y migratoria proveniente de Oriente Medio y su efecto llamada.


Y es que, de llamada, nada, y menos, de acogida. Ha pasado el tiempo de adviento y seguimos inanes ante los vientos de libertad, ante la ternura de la cercanía, sin saber cantar de esperanza y misericordia en esta tierra –de todos- maltrecha por el uso irresponsable. En esta tierra de olivos, a la que otros vienen buscando sobrevivir y se encuentran –me lo contó el  martes pasado un senegalés en el encuentro de Círculo de Silencio a la puerta del Centro de Acogida- con que sólo le permiten trasnochar dos días en el albergue… pese a que  no está al completo. Son las normas, no faltaba más. Los sujetos a las reglas son hermanos, de distintas culturas y religiones, que buscan un hueco en la tierra de todos y huyen del hambre y de la guerra


En el  ámbito de la espiritualidad, no sé si algo  cambiará por efecto de la reciente apertura por el Papa Francisco de la Puerta de la Misericordia –reiterada en nuestra Catedral-  como signo de de una Iglesia que en este año se abre al mundo y sale de sí misma para atender a los descartados.  Lo que, dicho sea de paso, está recibiendo más impedimentos de los deseados, a la vista de la  débil disponibilidad de parte de la curia pontificia y el  mundo que la rodea a asumir las nuevas –viejas, como la de los primeros cristianos- propuestas del Papa
Pero, en todo caso, rompamos una lanza por la utopía y, en la cercana Navidad –ahora hay que tener cuidado: es mas correcto hablar de tiempo de descanso y, si acaso, de despilfarro post crisis-, denunciemos todo tipo de muros  y puertas cerradas, olvidémonos de las cámaras de vigilancia y los sensores preventivos. Por el contrario, abramos ojos de misericordia y prestemos oídos al corazón. Ante la indiferencia, alcemos la voz contra el dolor de los empobrecidos, de los que nada valen, de los que deambulan desorientados, de los desposeídos de lo más íntimo –su dignidad de hombres- y salgamos a su encuentro.


Navidad es tanto como misericordia, la palabra clave,  la viga maestra. La misericordia es el núcleo porque se muestra como la fuerza que todo lo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón. Estamos llamados a vivirla porque, antes, se nos ha aplicado. Entonces, el rencor, la rabia, la violencia, la venganza, el olvido se alejarán de nosotros. Hagamos caso al de Éfeso: “¡No permitáis que la noche os sorprenda enojados!”


¿Será aún posible la paz entre los hombres de buena voluntad? Merece la pena intentarlo. Y es lo que deseo a mis pacientes lectores: la paz y la alegría de la misericordia.