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Escrito por Salvador   
Lunes, 07 de Marzo de 2016 00:22


Mi amigo Juan Cruz –no lo conozco, pero me gustaría ser su amigo; es más, soy su amigo in pectore-, en un reciente artículo recomendaba que, por ser tan delicado el uso del adjetivo, debería venderse en farmacias. En los medios de comunicación –yo diría que en todos los espacios de nuestra vida- hay que decir a la gente lo que le pasa a la gente; y, como recomendaba  el poeta José Hierro, eso hay que decirlo “sin vuelo en el verso”. Es decir, sin adjetivo, del que no se debe abusar. Pero la verdad es que nuestra sociedad (la de los tuits y los facebooks) se ha relajado y moteja al otro de forma gratuita y sin la sobriedad que se exige del uso de los calificativos. Por eso, el periodista terminaba su artículo con esta certera apostilla: “Ahora hay tantos adjetivos en nuestra sociedad que poco a poco nos hemos vuelto incorregibles. Quien quite los adjetivos ganará la batalla del sosiego”.


Me temo que estemos en lo más crudo de la batalla, visto lo visto en la fallida investidura. Los firmantes del pacto se unieron en su rechazo a Rajoy y, mientras Sánchez realzó su compromiso transversal y mestizo, a su partenaire Rivera sólo le faltó proclamar el “Váyase Sr. Rajoy”. En todo caso, creo que ambos argumentaron en los límites de la permisividad parlamentaria. Por los extremos –curiosamente azules y morados- los nervios desataron los improperios. Ha bastado que dos imberbes de la nueva ola intenten encamarse para percibir un olor a cuerno quemado salpicando las delicadas pituitarias de los furibundos maridos supuestamente engañados. Quizá así se explica la represalia del beso en la boca que pretendió ser trending topic.


El principal antagonista –relegado por propia voluntad a actor secundario- se mostró displicente (“hasta ustedes lo entenderán”) y no tuvo empacho alguno en calificar al proyectado gobierno como “candidatura ficticia”, "farsa", "teatro", "impostura", "fraude", "vodevil a dos bandas", “fracaso”, “trampa”, “verbena”, “sucedáneo”, "comedia de enredo", "rigodón con cambio de parejas" y, para no perder ripio, se preguntó si no sería un curalotodo o el propio Bálsamo de Fierabrás o algo sólo comparable al consenso de los Toros de Guisando. Descendiendo al ámbito personal,  llamó a Sánchez "el señor cambio",  “perro del hortelano”,  “bluf” (reiterado en un “hastag” en las redes sociales y en una campaña en twitter), al par que le acusó de "engañar al Rey y a los españoles". Por su parte, a Rivera lo menospreció como un mero “segundo portavoz socialista” y lo calificó de correveidile y adorno ya innecesario. Aunque, quizá el mayor desprecio fue abandonar el salón sin esperar a la contestación del líder de la formación emergente. En la segunda sesión, incluso acusó al candidato de haber utilizado las instituciones a su favor "y eso también es corrupción". Hay que perdonárselo, porque, a lo mejor, es que está cansado ya que volvió a cometer otro lapsus: “Lo que nosotros hemos hecho es engañar a la gente”.


Del otro lado, el nuevo Pablo Iglesias, para no perder el norte tildó a Sánchez de “miserable”, entre otras descalificaciones y reproches. Enrocado en su trinchera –posible pieza de la pinza-, hizo continuas protestas de dialogo y manos tendidas pero a base de cerrar puertas, hasta tal punto que ha quedado claro que no le interesa ni por asomo una solución (“ustedes no son de fiar”) y que su objetivo único es- después de lo de IU-  fagocitar al PSOE para ocupar el viejo espectro de la izquierda. Mutante por momentos, en una original vuelta al pasado –lo que no parece cuadrar con la nueva política- echó mano de Millán Astray, los jefes de escuadra falangistas, Puig Antich y otros fantasmas pretéritos. Posiblemente, de cara a las nuevas elecciones y en su continuo baile de disfraces, intentó volver a la Puerta del Sol, a su agitación universitaria o a sus maneras radicales, a la par que arreglar el futuro desenterrando lo peor del pasado, con una apoteosis final: la remembranza de la cal viva…. Como si estuviera en un mitin electoral o recordando sus apariciones en tertulias televisiva, tampoco olvidó a Rivera: una marioneta en manos del Ibex, un siervo del poder establecido, “la naranja mecánica”… No hay que tomárselo a mal, nos dice su colega Monedero: sólo tiene 31 años y para hacer una tortilla hace falta romper los huevos. Dejémosle en su lonja subastando bondades.


Sería útil preguntarse si estos son los modos de la nueva política, los que demandan –en indignación creciente- la sociedad del cambio, los que debería exigir la cultura del dialogo y el consenso. O estamos volviendo –ante la falta de credibilidad en nuestros políticos-  al foso de los tiempos idos, donde toda miseria verbal tiene cabida.


No podrán negarme legitimidad para calificar –por una vez- este panorama como desalentador… y todos los adjetivos que ustedes quieran añadir. Los intentos para buscar apoyos o abstenciones, a derecha e izquierda, cayeron en saco roto, sin que nadie hiciera lo mínimo para poner en marcha el motor del cambio o, como mínimo, para alumbra una pequeña luz. Parece ser que la meta está en alimentar a tertulianos y a tuiteros, aquellos que forman la nueva hinchada teledirigida.  Pero me niego a ver al adversario como enemigo por lo que será bueno prescindir de tanto adjetivo “inadjetibable” y de tanto insulto grosero. Es el momento idóneo para la sobriedad y al sosiego. Alguna vez  dejarán de hablar para la clientela y se dedicarán a buscar soluciones para los ciudadanos. Para que no vuelvan los tiempos de crispación. Sí, tendremos la suerte de encontrar espacios de conciliación y calma.


Permítanme, para terminar estas consideraciones, una licencia poética y recordar con Federico que “los toros de guisando, / casi muerte y casi piedra, / mugieron como dos siglos / hartos de pisar la tierra”. Y, como en la canción desesperada de Neruda, desconfiar quedamente: “oh la boca mordida, oh los besados miembros, / oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados”.